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Una vida bajo el mar: la historia íntima de un buzo

Sumergirse en las profundidades del mar es un oficio desconocido para muchos. La mayoría de nosotros disfruta de quienes reinan esas misteriosas aguas cuando están servidos en los restoranes o en casa. Otros, sin embargo, a diario se sacrifican para internarse en este submundo de un chapuzón, y no sólo para la caza submarina, sino también para ir sumando increíbles historias.

Guillermo Gómez Díaz tiene 60 años y es uno de esos protagonistas que con esfuerzo y más de cuatro décadas bajo el mar ha sacado adelante a su familia completa. Este pescador y buzo de Maitencillo, comuna de Puchuncaví, entró al agua cuando tenía sólo 13 años, a ‘cuero pelado’, como él mismo recuerda. Ese día no aguantó más y confiando en la capacidad de sus pulmones se sumergió en el agua, y con ello su vida cambió, y para siempre.

A partir de los 18 ya era todo un buzo, y después de todos estos años bajo el mar se ha convertido en uno de los más antiguos de la zona, el que más sabe. ‘Siempre me tiró el mar, me gusta mucho, es algo inexplicable, de curioso me metí y de ahí no salí más’, confiesa a un costado de su barco, ‘La Estrella’, en la caleta de Maitencillo.

La playa, y a pocos metros su caleta, fue el lugar donde conversamos de su vida. Ese espacio lo ha refugiado y es su segundo hogar desde que inició su historia junto al mar. Incluso, Guillermo es uno de los fundadores del actual Sindicato de Pescadores y Buzos Mariscadores de dicha caleta.

Hijo único de padres comerciantes, nació, se crió y ha vivido siempre en Puchuncaví. Su madre murió cuando tenía 11 años, y aunque su padre se lo impidió mientras pudo (también falleció cuando él era un adolescente), el mar lo llamaba. ‘Con mi papi veníamos a vender verduras acá (Maitencillo), yo miraba el mar y era una cosa que no controlaba, la primera vez que me metí fue a ‘cuero pelao’, era una necesidad que tenía’, relata el hombre bajo un día nublado, y una condición marítima que le ha impedido salir a hacer su oficio desde hace varios días.

Guillermo se traslada en moto desde su hogar hasta la caleta y trata de andar dos horas diarias en bicicleta. Su mayor logro, según cuenta, es haberle dado estudios a sus hijos, pero aunque la tarea está cumplida, no piensa dejar de lado el buceo. ‘Aún tengo cuerda para rato’, dice entre risas.

Este hombre, que cuenta con orgullo que sólo sabe leer, porque a duras penas -según el mismo lo dice- llegó hasta 3º básico, le dio educación superior a sus cuatro hijos gracias a este oficio. Dos de ellos estudiaron Técnico en Acuicultura, por intermedio del crédito de los pescadores, los otros siguieron el rumbo de los negocios y las computadoras.

Ya lo decía, sus inicios en la pesca fueron en tiempos de atrevimiento. Las ganas pudieron más y desobedeció producto de una pasión que hasta hoy mantiene. Observando a los pescadores y buzos de esa época, con esa mirada de niño curioso pasó sus primeros meses, atento a cada movimiento y consejo de los ‘más grandes’. Estudiaba sin saberlo, el comportamiento del que hoy, sería quien lo hace sentirse vivo: el mar. Lo conoce como si fuera uno de esos amigos cercanos, o como a quien maneja en la palma de sus manos.

El puchuncavino recuerda que se inicio con las machas, cuando eran el furor de la costa. Ahí recorrió Chile desde Arica hasta Chiloé. ‘Con la Ley de Pesca, cambió la cosa. Fue bueno por un lado porque se prohibió la sobreexplotación y eso ayudo a tener un mejor control, pero claro, a mi me cortaron las alas, ya no pude salir más de aquí, tengo que estar en la caleta que me corresponde no más’, reflexiona.

Entre sus paradas favoritas se encontraba Isla Mocha (Temuco), Isla Santa María (Talcahuano), Tugul (Arauco), Llico (Curicó), Quidico, y Pichilemu, entre otras. ‘Yo me iba armando mis rutas, era lo que más me gustaba, de las machas, pasé a las lapas y locos, hasta que llegué al congrio, el más rentable en la caleta de Maitencillo, obviamente que tuvimos que buscar otra opción después de la macha, cuando se estaba terminando, yo fui uno de los últimos abandonar el bote’, confesó.

Con nostalgia rememora esa época de oro con las machas. Hoy, en su vida de buzo experto en el congrio se ‘arma’ con alrededor de 13 kilos de plomo en la cintura para descender. Eso sí dice que si la persona baja más de 30 metros y se saca este peso, no subirá ‘ni por si acaso’. Su licencia de buzo le permite descender oficialmente 20 metros bajo el mar. Pero, Guillermo ha batido récords. Bajo su responsabilidad, por su puesto, ha descendido hasta los 52 metros. Sin embargo, en agosto del año 2008 este riesgo y odisea casi terminó en tragedia: sufrió una descompresión, episodio que pocos compatriotas llegan a contar alguna vez en su vida. ‘Ese día traía como 40 kilos de congrio, eran muchos y no podía soltarlos porque andaba un lobo cerca… La idea es subir lentamente, seguir las burbujas que se producen con el respirador, pero ese día se veía el agua tan clarita que por lo mismo no supe a la velocidad que subí… arriba ya veía doble y me llevaron al Hospital Naval’, comenta el buzo.

Estuvo 17 días en la cámara hiperbárica con dos horas y media diaria de tratamiento. Un año alejado del fondo marino y prácticamente aprendiendo a caminar de nuevo. ‘Cuando desperté no sentía las piernas, estuve a punto de quedar en silla de ruedas, ahí se me vino el mundo abajo porque yo soy el sustento de mi casa; pensaba que la había ‘cagao’ (sic) … uno ya no se las puede dar de lolo, ya no lo hago…’, recuerda.

Hoy, en su muñeca izquierda tiene un reloj ultra moderno. No se lo saca ni para dormir, dice que el aparato le puede salvar la vida. El artefacto marca la hora, presión, temperatura del agua, y profundidad, entre otras maravillas. Apenas entra al agua y desciende a los 18 metros dentro del rango permitido, se programa solo y a los 50 minutos vibra. Ese aviso es señal que debe subir. Así, con precaución y para no preocupar más a sus hijos y su esposa, con quien lleva 42 años de casado, se toma el buceo con relajo. Si el mar está malo, no hace ni tal por entrar. Ya no se arriesga como antes. El día que conversamos con él, era uno de esos días en que el mar sólo se puede observar a la distancia.

En medio del relato de este episodio que jamás olvidará -y que todos sus compañeros de caleta conocen-, le pregunto si es creyente. Cerca de nuestro lugar de entrevista, hay una cruz erguida sobre las rocas azotadas por el mar, fiel demostración de la fe y el apego que muchos de los pescadores sienten por San Pedro, el patrono que los protege más allá de los límites marítimos, y a quienes veneran cada 29 de junio. ‘Uno puede salir en la mañana y no sabe si volverá, yo soy católico, rezo antes de salir y en las noches, hay que aferrarse a la fe con este trabajo, y nuestras familias también’, reflexiona Guillermo.

Desde hace dos años Guillermo comenzó a usar guantes para trabajar, un tanto reciente para tantos años de labor. Sus manos impregnan el paso del tiempo bajo el mar y en el bote, pero las muestra con orgullo. Sacando erizos, se ha enterrado miles de espinas en lugares impensados para el resto de los mortales que sólo se sientan a disfrutar del erizo. ‘Por si alguien se entierra alguna vez una espina por debajo de la uña, tenemos un secretito, con agua caliente y aceite, esa es la única forma para que salgan esas espinas tan molestosas’, detalla el hombre.

Pero tal como lo señalé al comienzo de este reportaje, una vida bajo el mar también suma increíbles historias que ni sus mismos protagonistas, creen que hayan salido con vida de esos episodios. Guillermo recuerda -entre tantas de sus aventuras- aquel accidente que lo mantuvo con depresión por cuatro meses, una angustia generada por ocultar lo que le había pasado a su esposa e hijos.

‘Me lo guardé, si le contaba no estaría tranquila nunca más cuando me tocara salir, pero eso me hizo mal y yo mismo me alejé del mar harto tiempo’. El escenario fue Llico (Curicó), dice que llevaba mil kilos de machas en dirección a la orilla. Les había ido bien, pero el bote se les dio vuelta cuando aún faltaban unos 3 kilómetros por llegar a tierra firme. ‘El agua estaba fría, mucho más que acá, sentíamos que no lo lograríamos. Veníamos cuatro en el bote, dos de nosotros con buzo, pero los otros con ropa, ellos se entumieron, y uno sin aletas parece un corcho en el agua, pusimos los remos atravesados, tiramos a dos de los tripulantes acostados, y nadamos sin parar hasta la orilla, uno mira la tierra firme inalcanzable, ahí la vimos negra’, recuerda del hombre.

Frente a estos mismos minutos que han marcado su vida, el constante riesgo y la descompresión que casi lo deja inválido, sus hijos le dicen que deje el buceo. Que ellos, ya están listos, ‘mis hijos me dicen que ya les entregué todas las herramientas para salir adelante, que ¡ya está bueno!, ahora nosotros tenemos que regresarte la mano’, dice el buzo.

Aunque no les hace caso, pretende -según él- darle fin a esta historia a los 65 años, sólo si Dios se lo permite. Pero, no es primera vez que se propone una meta para retirarse, antes ya lo había pensado, pero sigue en lo suyo. El día esta nublado y él reconoce que, ‘la mar está mala, y no se puede meter’, pero al término de esta entrevista no regresa a casa. Al contrario, prepara sus cosas para pescar por la orilla.

Guillermo dice que aún siente que camina raro después del accidente, con altos y bajos, ‘me molestan a veces que ando como curao’, yo mismo siento que ando así, pero al menos estoy vivo, eso le agradezco a Dios todos los días’.

Son estas tallas, las que ayudan a recordarle que así como el mar lo hace sentir vivo a diario, es tan poderoso como para poder arrebatarle su propia vida. Está consciente que pese a los años de esfuerzo que ha invertido en él, el mar no tiene compasión. Sólo basta un minuto de descuido para que todo termine… Después de esta segunda oportunidad, sabe que tiene que cuidar bien sus espaldas.

fuente esrellavalpo

http://www.estrellavalpo.cl/impresa/2014/05/27/full/8/

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