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Cuerpo de elite

El reciente rescate de dos personas atrapadas en una gruta marina de La Palma en el que tres guardias civiles tuvieron que pasar la noche junto a las víctimas con las olas llegando hasta el techo de la cavidad pone de relieve la peligrosa labor de los grupos especiales de actividades subacuáticas de la Guardia Civil, que para salvar vidas muchas veces tienen que poner en peligro las suyas.

El mar es un entorno hostil en el que las misiones de rescate suelen resultar extremadamente complicadas, a muchos metros de profundidad, en cuevas de difícil acceso o en charcas insalubres y con emanación de gases donde la visibilidad es nula y en donde a las víctimas se las busca palpando a ciegas. Mantener la calma, tener una fuerza considerable, conocer las leyes físicas que rigen el buceo, y saber manejar perfectamente el equipo autónomo que llevan los buceadores son algunas de las habilidades que deben tener los miembros de estos grupos. Por eso, están considerados de elite y solo unos pocos llegan a ingresar en estas unidades.

En la provincia de Santa Cruz de Tenerife, el GrupoEspecial de Actividades Subacuáticas (GEAS) está compuesto por nueve guardias, un cabo y un sargento. De ellos, el cabo José Mompean y los guardias Eduardo de la Guardia, Francisco José Caballero y Ricardo Campelo explican algunas de las características de su trabajo. Para empezar, y aunque cada semana solo cuatro son activados para realizar intervenciones, el resto debe permanecer con sus teléfonos móviles encendidos las 24 horas del día por si se necesitan refuerzos.

En las islas, las zonas más peligrosas y donde más rescates tienen que atender son las del norte, ya que en ellas el mar presenta su cara más salvaje. En cuanto a las víctimas, suelen ser personas que pescan desde lugares a los que llegan olas que acaban por arrastrarlas mar adentro, turistas que no conocen las corrientes ni el comportamiento del oleaje, y buceadores que se ven sorprendidos por cualquier percance. Para evitar estos accidentes hay una norma indiscutible: “Con el mar malo, lo mejor es estar lo más lejos posible”, aconseja Eduardo de la Guardia.

Sin embargo, esta pauta tan sencilla no siempre se cumple: “De las imprudencias más generales destacan las cometidas por personas que pescan en rocas sobre las que no tendrían que pescar, y las olas acaban por tirarlas al mar y desaparecen. Puede haber cuatro o cinco accidentes de esta clase al año”, indica Ricardo Campelo.

Pero además de rescatar a las personas, el GEAS realiza otras muchas funciones: “También somos policía judicial, por lo que en el caso de que haya, por ejemplo, un submarinista muerto, hacemos todas las diligencias, como es la inspección ocular, el precinto de equipos de buceo, descargar el ordenador de buceo, comprobar el aire de la botella, si funciona el equipo…”, explica José Mompean.
En general, sus responsabilidades son las mismas que las que tiene cualquier otro guardia civil, pero en el ámbito acuático y subacuático, como el tráfico de drogas, los robos y daños al patrimonio histórico, cultura y natural, el rescate de objetos sumergidos e inspeccionar los clubes de buceo, entre otras labores.

Los GEAS disponen para ciertas operaciones de un equipo de comunicación que permite a los buceadores estar en contacto con los compañeros que permanecen en la embarcación mientras ellos están sumergidos. Sin embargo, explica Mompean, “este equipo tiene un alcance limitado y no solemos utilizarlo mucho. La máscara es bastante incómoda y es bastante pesado. Además, si la mar está muy mala, la embarcación no puede estar encima de los buzos, por lo que enseguida se pierde comunicación”. Por otra parte, “la profundidad a la que se hacen los rescates no te permite el enlace de esas transmisiones”, añade Ricardo Campelo.

Normalmente, cuando se hace un servicio en la mar, en la embarcación van cuatro personas, de las que dos se quedan fuera: el patrón y el buceador de seguridad. Los otros dos buceadores son los que hacen la inmersión. “Si surgen problemas durante la inmersión los tienes que resolver tú mismo. Para eso tienes un compañero que te puede ayudar. Y si los dos tienen problemas, la orden es suspender la inmersión y ascender”, explica Mompean.

“Si los que estamos en la inmersión nos perdemos de vista, la norma es subir a la superficie pasado un minuto. Muchas veces la visibilidad es nula y tenemos que ir tocándonos o abrazándonos mientras buscamos a la víctima al tacto”, informa Campelo. “Entonces, si nos soltamos y ya no sabemos donde estamos, subimos a la superficie pasado un minuto e intentamos encontrarnos. Y si el compañero no sale en ese tiempo ya sabes que algo le ha pasado”, añade.

Todos los guardias civiles pueden optar a entrar en los GEAS. Para eso se organizan procesos de selección cada año. Sin embargo, el acceso no es nada fácil. “De 300 que se presentan, solo se eligen a los seis más fuertes”, indica Mompean. El curso para ser miembro de los GEAS dura siete meses, tiempo durante el que todos pasan por diferentes pruebas. “Es durante este curso cuando se ve quien tiene cualidades y quien no”, asegura. De momento, no hay ninguna mujer que haya entrado en los GEAS. “Hay pruebas específicas para ellas”, afirma Mompean, que son algo menos duras que para los hombres. Sin embargo, todavía no hay ni una mujer que haya logrado pasarlas todas con éxito.
En cuanto a las historias y anécdotas que pueden contar estos profesionales, son muchas. No obstante, cada uno ha elegido una:

Eduardo de la Guardia. Este profesional lleva 23 años en el GEAS. Entre los salvamentos en los que ha participado hay de todo, pero el que elige para contar es una mezcla de drama y anécdota. Todo comenzó cuando un día activaron a su grupo para buscar en el mar a en pescador que había desaparecido en Puerto Colón, Adeje, al sur de Tenerife. “Nos alertaron e iniciamos la búsqueda arbitrariamente porque no teníamos un punto concreto de comienzo”, recuerda. Así que, mientras el helicóptero y la embarcación daban vueltas por la zona, él y su compañero buceaban en busca del pescador. Sin embargo, lo que se encontraron no se lo esperaban. “De repente vimos un hueso salir de la arena. Era un esqueleto. Salimos de nuevo y les pedimos a los compañeros que preparasen un sudario. Luego, volvimos a bajar con el sudario y comenzamos a desenterrarlo. Llevaba gafas de buceo y tubo alrededor del cuello”. Pero cual fue su sorpresa al comprobar que no era un esqueleto real sino “el típico esqueleto que usan los estudiantes de Medicina”.

Aun así, lo subieron a la embarcación y lo llevaron al puerto. En tierra la expectación era máxima. Vecinos y turistas se agol paban para ver el rescate. “Y lo que vieron fue a nuestro compañero cogiendo el esqueleto por una de las extremidades y arrastrándolo por todo el puerto hasta el furgón, donde lo tiró al interior de un impulso. Había que ver a aquellos turistas echándose las manos a la cabeza escandalizados porque creían que el esqueleto era de verdad”. En cuanto al pescador, finalmente lo localizaron, pero ya estaba muerto. Una embarcación le había abierto la cabeza. Tenía 40 años.

José Mompean. El jefe del GEAS de Santa Cruz de Tenerife lleva 5 años en el grupo, ya que los 13 anteriores los pasó en el de rescate de montaña de la Guardia Civil. El salvamento al que se refiere es de este mismo mes, y tuvo lugar en L´Estartit, Gerona. Fue de refuerzo para ayudar a localizar a un buceador de nacionalidad alemana. La búsqueda duró una semana y para llevarla a cabo el GEAS utilizó un planeador.

El planeador tiene forma de ala delta y es desplazado debajo del agua por una embarcación, a la que va sujeto por un cabo. El buceador se agarra al planeador, que suele utilizarse hasta a 20 metros de profundidad, y lo puede manejar para controlar la profundidad y los giros. Sin embargo, en este rescate el planeador bajó más de lo habitual. “La profundidad allí era a 50 metros y nosotros nos quedábamos a más de 40 con el planeador. Fue muy complicado y tuvimos un accidente importante, de perder el sentido y salir para arriba abollado”. Además, la velocidad a la que iba la embarcación hacía que el planeador subiera de golpe de los 40 metros a los 20. “En el buceo hay que subir poco a poco a la superficie, realizando paradas. Sin embargo, cuando se utiliza un planeador, según a la velocidad que vaya la embarcación te subirá o te bajará, por lo que es muy peligroso. Además de que en ese rescate hicimos inmersiones sucesivas, con lo que eso conlleva”. Tras una semana, encontraron a el cuerpo de la víctima.

Francisco José Caballero. Lleva siete años en el GEAS, aunque antes estuvo en el equipo de rescate de montaña de la Guardia Civil. Cuenta que de vez en cuando aparecen en el mar artefactos explosivos que han sido usados en las maniobras militares, o incluso artefactos de la guerra civil. La anécdota que recuerda tuvo lugar en una playa de Los Cristianos, hasta donde se desplazó con un compañero porque “nos dijeron que había aparecido uno de esos artefactos explosivos. Así que fuimos allí, nos metimos en el agua y vimos un objeto con forma de obús. Empezamos a dar vueltas y vueltas, a tocar aquello con las aletas con mucho cuidado, hasta que vimos que era una piedra. Una piedra exactamente igual que un obús”. Mientras tanto, en tierra la Policía y los ciudadanos que se atrevieron a quedarse cerca observaban a los GEAS con preocupación. “Ellos no sabían que era una piedra y cuando la sacamos a la orilla la Policía nos gritaba que estábamos locos por sacarla, hasta que explicamos lo que era. También los dueños de los bares se echaron las manos a la cabeza porque todos sus clientes se habían ido sin pagar del miedo que tenía a que aquello explotara”.

Junto a estos cuatro GEAS, el resto del equipo lo forman José Damián Cejas, Miguel Ángel Valle, Andrés Martín, Fernando Pérez, Carlos Alberto González y Juan Carlos Dios.

fuente laopinion

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