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La tortura de la dorada

Creo que nunca he visto tortura más refinada: se saca a la dorada del agua y, mientras pega latigazos en el aire que la asfixia, se le mete sal en las agallas. “Qué mejor manera de salar un pescado”, algo así dice el cocinero mientras masajea a la dorada agonizante para que los granos de sal que ya circulan (supuestamente) por su sistema circulatorio lleguen hasta la cola. Esto en el Master Chef ese de Antena 3, la otra noche, programa amable y familiar de cocina.

Visto esto, incrédulo al principio y con mal cuerpo después, corro al tuíter para consolarme con las miles de manifestaciones de dolor e indignación que espero encontrar por este doradicidio sádico: nada, son dos los que amenazan con dejar de ver el programa por tamaña crueldad. Y yo que creía que los del Pacma iban a rodear esa misma noche los estudios de San Sebastián de los Reyes de Antena 3…

Que les hacen respirar y bombear por venas y arterias granos de sal: qué más les tiene que pasar a las doradas para que les hagan caso, para despertar conciencias. Me preocupa que en un país donde a un perro se le considera un miembro más de la familia las doradas sean ninguneadas de esta forma. A lo mejor una manifestación en el edificio de Antena 3 es demasiado, pero qué menos que un tuit, un hastag, #todossomosladorada, algo.

Cómo puede haber tan poca distancia entre el perro y nosotros y tanta con la dorada. No digo tampoco que haya que considerar al pez este un miembro más de la familia, pero si somos capaces de convertir al perro en hijo oficioso nuestra empatía con la dorada salada viva por las agallas debería dar al menos para un ratito de ruido en las redes sociales, un tema más a tratar en las tertulias de televisión, velones rojos in memoriam, boicots a Top Chef, a Antena 3, a Chicote, a Cádiz, alguna de las cosas que sí se hacen cuando la desgracia cae en mamíferos cuadrúpedos. No hacerlo con unos y sí con otros nos convierte en asquerosos especistas (exactamente igual que los que consideran al ser humano por encima de cualquier otro ser vivo), por mucho que queramos al perro y nos haga sufrir el toro picado y banderilleado.

Aquí ya no vale eso de que la dorada la matamos porque tenemos que comer: la dorada puede agonizar sin estertores de sal, y luego ya muerta ser salada al gusto, pero entonces (por lo visto) no estaría tan rica. La muerte de la dorada, es, en este caso, puro y evitable espectáculo, como la muerte del toro en la plaza.

Así que no sé a qué estamos esperando para dar lo mejor de nosotros con el fin de terminar con la tortura de la dorada. Quizá a que alguien nos diga que echar sal en las agallas de las doradas vivas es cosa de gente de derechas.

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