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La trampa de los anzuelos

El profesor Jacob González-Solís recogió entre el 2003 y el 2013 un total de 577 cadáveres de aves (cedidas por los pescadores) procedentes de accidentes en la pesca; de ellas, un 27% eran ejemplares de pardela balear, una especie en peligro crítico de extinción (de la que solo sobreviven unas 3.000 parejas reproductoras). Las aves murieron víctimas de la pesca del palangre, una modalidad que consiste en lanzar al mar unas líneas con varios miles de anzuelos por la popa del barco para capturar peces.

En general, la pesca con palangre es una de las pesquerías más respetuosas por su gran selectividad. Sin embargo, en algunas ocasiones las aves marinas, como la pardela balear, roban los cebos buceando hasta 10 y 15 metros de profundidad, y se quedan enganchadas en el anzuelo como si fuera un pez. 

Corregir este problema es ahora posible gracias a la información que dan los GPS colocados a las aves. Este ese el instrumento clave sobre el que pivota el programa contra las capturas accidentales en la pesca promovido por la UB con apoyo de la Fundación Biodiversidad y coordinado por la estudiante de doctorado Vero Cortés, de la UB. “Estamos trabajando con los pescadores para buscar soluciones que reduzcan al máximo estas capturas accidentales”, dice González-Solís.

Y ¿cómo? La información de las rutas GPS de las aves se cruza con las posiciones registradas por el sistema de seguimiento de barcos, de manera que se ha podido determinar dónde y cuándo entran en contacto sus trayectorias, lo que prueba que el ave está siguiendo al barco. “Así, sabemos las épocas y las áreas en las que las capturas accidentales son más probables y más conflictivas potencialmente. Con esa información podemos gestionar la pesquería”, dice el profesor. Una solución podría ser limitar la pesca del palangre en determinadas fechas o áreas, pero hay otras medidas efectivas, como dejar de calar las líneas de palangre durante el día y el crepúsculo, que es cuando acuden las aves para alimentarse, y hacerlo por la noche, cuando no pescan porque no ven.

Los avances tecnológicos aquí tienen horizontes insospechados. González-Solís nos enseña la foto hecha con una cámara colocada en una pardela cenicienta y en cuya imagen se aprecia parte de su cuerpo y un barco arrastrero (que lanza sus redes al fondo marino y hace capturas indiscriminadas). En este caso, el dispositivo GSP colocado en la espalda llevaba también una pequeña cámara. Es como si el ave estuviera delatando al barco. Como si el siguiente paso fuera convertir las aves en policía marítima desde el aire.

fuente lavanguardia

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