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La retorcida mente de los peces

Cooperación entre individuos e incluso entre especies diferentes para evadir predadores o incluso para cazar. Comportamientos premiados y otros castigados en complejas interacciones. Ejemplos de engaño, lo cual presupone un cierto nivel de Teoría de la Mente; preocupación por la propia reputación en el ‘vecindario’. Resulta que los peces, ese heterogéneo grupo de animales que viven en el mar, tienen comportamientos que revelan un nivel de inteligencia muy superior al que habitualmente se les atribuye. Tan superior que están poniendo en serios apuros a las teorías tradicionales de la socialización y la inteligencia de los animales, sospechosamente basadas en el modelo de sociedad y de conocimiento del que nosotros los humanos somos cúspide. Según los estudios del etólogo de la universidad suiza de NeuchatelRedouan Bshary nuestros aletudos amigos (que no comida) los peces son capaces de hazañas de interacción que antaño pensábamos reservadas tan sólo a los primates y otros mamíferos muy sociales. Ya sabíamos que los peces son capaces de sentir mucho más de lo que imaginábamos; ahora sabemos que cooperan en sociedades de gran complejidad. Habrá que replantearse nuestra relación con ellos.

Bshary se centró en los peces tras observar a un mero y una morena cooperando en la caza, barriendo sistemáticamente a dos alturas el arrecife de tal modo que el mero asustaba a los peces que nadaban hacia la morena, y ésta hacía elevarse a los peces que se acostaban hacia el mero. Tras algo de análisis se centró en estudiar as relaciones entre los peces limpiadores Labroides dimidiatus y sus ‘clientes’, numerosos peces recifales que en lugares determinados (‘estaciones de limpieza) permiten a estos pequeños lábridos azules devorar los parásitos en sus cuerpos, incluyendo el interior de la boca e incluso las branquias. Lo que descubrió es un mercado de intercambio perfectamente regulado entre los lábridos y los otros peces, en el que se intercambia comida por limpieza. Y en el que los peces limpiadores hacen trampa, puesto que además de los parásitos pueden pegar mordiscos al sabroso mucus protector que recubre la piel de los otros peces, para disgusto de éstos.

Las conclusiones eran interesantes: si había muchos ‘clientes’, es decir, un exceso de demanda, los lábridos aprovechaban para darse más lujos, porque podían permitírselo. En respuesta los peces grandes escogían a qué estaciones de limpieza acudir: las que daban peor servicioveían reducida su clientela. Los lábridos, de hecho, son capaces de distinguir y de dar diferentes niveles de ‘calidad’ de servicio a distintos peces, favoreciendo así a algunos sobre otros. Y cuando posibles clientes en espera les contemplan se portan mejor, lo que demuestra preocupación por su ‘reputación’. Todas estas interacciones contempladas en la naturaleza fueron después replicadas en condiciones experimentales, demostrando que no son artefactos. Está claro que los peces tienen comportamientos que esperaríamos de monos o de otros mamíferos sociales, pero que sorprenden en animales considerados como ejemplo popular de poco cerebro. El descubrimiento no sólo nos informa sobre los peces, sino que impacta en una popular teoría sobre el origen del gran cerebro primate impulsado por la complejidad de nuestra vida social; no parece que sea necesario. Con mucho menos cerebro los peces se las arreglan para tener sociedades y comportamientos complejos. Habrá que buscar otra explicación para nuestro metabólicamente ruinoso y enorme cerebro.

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