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Cara a cara con el fantasma del 'Don Pedro'

Es el pecio buceable más grande de Europa. Un fantasma de hierro de 142 metros de eslora que yace de babor a poco más de una milla de la bocana del puerto de Ibiza. EL MUNDO se sumerge a 47 metros de profundidad para visitar, ocho años después de aquel fatídico 11 de julio de 2007, un cadáver formidable cuyos espectros parecen yacer congelados en la madrugada en la que el islote Dau Petit, clavó su puñal de roca en las tripas del carguero de Iscomar. Agrupados junto al cabo que señala el fondeo, en la proa de la embarcación, iniciamos el descenso. Vaciamos nuestros chalecos y los 10 kilos de peso que llevamos estratégicamente distribuidos hacen el resto, que la gravedad nos arrastre al fondo del mar. El Mediterráneo nos engulle rápidamente. Abre nuestro descenso Paulo Peixoto, nuestro guía y dueño del centro de buceo Scuba Ibiza, al que sigue un trío de buceadores. Yo soy el que va cerrando el grupo. Mientras la presión aumenta en torno a nosotros, voy introduciendo aire en mi traje seco para detener el descenso que va acelerándonos hacia nuestro objetivo. Miro hacia abajo y no consigo distinguir nada salvo una inquietante oscuridad azulada. Ni rastro de aquellas semanas en las que sus 150 toneladas de fuel y 50 de gasoil provocaron el cierre durante semanas de tres playas de Ibiza, tras contaminar más de cinco kilómetros de litoral en plena temporada turística.

Chequeo mi ordenador y cuando estoy a quince metros detengo mi descenso. Suspendido a esa profundidad, con el sol en su zenit, empiezo a vislumbrar el contorno de una pradera de algas que cubre el costado de estribor del mercante. Es una visión formidable del gigante. Nos reciben los primeros en instalarse en sus nuevas dependencias: esponjas, ascidias, algas pardas y rojas.

Nos dirigimos hacia la popa pero sin sobrepasar los 15 metros acordados en el briefing de preparación de la inmersión. La tendencia natural es a acercarnos más hacia el costado visible. El pecio reposa sobre el lado de babor, que es donde se abrió la brecha que hundió el buque, por lo que lo primero que se aprecia es el costado de estribor, que observo once metros por debajo de nosotros. Esa actuación nos penalizaría demasiado dejándonos sin poder disfrutar de alguna de las joyas que encierra este buque. Estamos a unos 25 metros del castillo de popa y hacia allí nos dirigimos de manera pausada. Observo a mis pies el tapiz de algas que ha ido creciendo en los últimos años en el costado del buque. Una alfombra que le mimetiza con el entorno y borra las huellas de las letras enormes de la naviera. Todavía se ve algo de vida en los alrededores, peces pequeños como fredis, julias y peces limón, pero la magia de esta inmersión radica especialmente en los elementos inertes que reposan unas decenas de metros por debajo. En el horizonte comienzan a aparecer las líneas inequívocas del castillo de popa y llega el momento de descender hasta más allá de los 25 metros del costado de estribor. Es una inmersión espectacular pero nada sencilla, ya que la profundidad del barco exige un nivel avanzado de buceo.

Desde allí pronto llegamos a la cabina de mando. Las ventanas, vacías de cristales que un día las protegieron, nos dejan asomarnos al interior de la que fue sala de gobierno del barco. El teléfono pende de su consola descolgado como si alguien hubiera salido apresuradamente hace solo unos instantes.

PAULO PEIXOTO / SCUBA IBIZA

Apenas diez minutos después se salir de la bocana del puerto de Ibiza el Don Pedro realizó un brusco cambio de rumbo, según el informe de la comisión de investigación de Fomento. El barco enfilaba hacia Formentera en lugar de iniciar su ruta hacia Valencia, y cuando trataron de corregir el rumbo se produjo el impacto al no poder salvar los Dados, dos islotes de roca situados frente a la bocana del puerto, que trataron de atravesar con un barco de dimensiones imposibles.

A las 2.52 de la noche se escuchó un fuerte impacto y luego la alarma general del buque. Una brecha de menos de un metro que dejó a babor una sonrisa de abrelatas. Desde el teléfono que ahora pende ante mis ojos el capitán pidió un remolcador que tiró del barco durante casi una hora hasta que a las 3.49 dio su último orden, que toda la tripulación embarcara en las balsas y saliera del barco. A las 3.55, según su declaración, trató de llegar a su camarote para coger el diario de navegación pero la estructura del barco que empezaba a deformarse le impidió abrir las puertas. Acabó llegando al exterior arrastrándose por los pasillos que chirriaban a medida que se lo tragaba el Mediterráneo, y se lanzó al agua.

Bordeando la cabina de mando, dejamos al lado izquierdo la parte más alta del barco, donde se encuentran las chimeneas y los mástiles que un día sostuvieron las antenas de comunicación del buque y que ahora son las zonas de descanso de una pareja de cabrachos, únicos moradores permanentes junto a las estrellas y los erizos, aunque en ocasiones se han visto bancos de jureles y castañuelas.

Es impresionante contemplar sus barandillas, imaginar el pánico de sus 18 tripulantes y dos pasajeros cuando el barco empezó a ser engullido por el Mediterráneo. Según fuentes de Salvamento Marítimo reinó el desconcierto en el abandono del barco. Los botes salvavidas no se despegaron de los pescantes al tomar la decisión de abandonar el buque porque la escora ya era excesiva. Según la Asociación Española de Marina Civil algunos tripulantes no sabían ni ponerse los chalecos y uno de ellos se arrojó al mar abrazado a él.

Al final dos balsas salvavidas cobijaron a 13 náufragos y los otros siete tuvieron que estar en el agua durante media hora antes de ser izados a la embarcación de Salvamento Marítimo que acudió al rescate. La buena temperatura y la cercanía al puerto de Ibiza evitó una auténtica tragedia. Diez tripulantes fueron atendidos de contusiones, hipotermias y ataques de ansiedad.

IBIZA TRAVEL

En mitad del buque no se pueden ver los extremos del mismo, situados a más de setenta metros de distancia. Continuamos buceando hacia la rampa de carga trasera, entrando en su zona interior, un gran aparcamiento que llevaba en su interior 98 plataformas de transporte de mercancías, dos camiones y cinco coches. Tres semanas después del hundimiento se hace público que también llevaba un cargamento de cuatro toneladas de baterías de automóvil, material calificado por la Unión Europea de altamente peligroso, que tuvo que ser extraído por buceadores.

A medidas que pasen los años el Don Pedro irá albergando más vida, y los centros de buceo de la isla apuestan por empezar a abrir vías de entrada para introducirse en su interior, algo que de momento no es posible por razones de seguridad. Es algo así como ver por fuera un museo, que aun así recibe decenas de visitas a la semana. Una excursión que va de 65 a 90 euros en función de si el visitante tiene o no que alquilar el traje, algo poco común a este nivel de inmersión.

Volvemos a salir para poner rumbo hacia la inmensa hélice que propulsaba el barco. La envergadura de ese artilugio al compararlo con un buceador cercano da cuenta de sus dimensiones.

Me apresuro a ascender siguiendo la línea marcada por los nervios del casco y todo el grupo emerge de nuevo por el costado de estribor. Aún empleamos otros cinco minutos para curiosear sobre el casco y un amplio pasillo que da a este costado.

PAULO PEIXOTO / SCUBA IBIZA

Ya de regreso hacia el cabo de ascenso, planeando sobre el buque a 23 metros el Don Pedro aún guarda una grata sorpresa: un banco de barracudas, que suelen merodear por el Dado Pequeño hace una breve aparición desapareciendo hacia la proa del barco, y poniendo el broche a una magnífica inmersión.

Fabio Torres es licenciado en ingeniería y OWSI (Open Water Scuba Instructor)

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