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La apnea

El turista que se ha subido en el puerto de Ibiza al ferry que le lleva hacia la paradisiaca Formentera suele viajar plácidamente contemplando el mar hasta que el barco llega a un punto más agitado. Allí donde empieza a dar saltos, con la isla ya a la vista, a no más de dos dos millas de su destino, La Savina, se encuentra Es Freus, un estrecho entre las Pitiusas. En ese lugar fue donde el domingo se detuvo ‘Pumpkin’, el yate de 50 metros de eslora de Pavel Tyo, un multimillonario ruso que había contratado como monitora de buceo, para él y sus amigotes, a Natalia Molchanova, una leyenda de la apnea, ese deporte que consiste en descender por el agua a pleno pulmón, sin ayuda de bombonas de oxígeno. En Es Freus se zambulló Molchanova por última vez. Luego, desapareció.

Natalia Molchanova, una mujer que nació hace 53 años en Ufa, la capital de la república rusa de Bashkortostan, al oeste de los Urales, no era ninguna novata. Algunos, de hecho, la consideran la mejor apneísta de la historia y sus contrincantes la conocían como ‘La máquina’ o ‘La reina’ por sus 41 récords del mundo y sus 23 medallas de oro. La campeona estaba en Es Freus enseñando a su cliente, con casa en Roca Llisa (Ibiza), acompañándoles hasta los 20 metros. Ella bajaba hasta los 30 o 40, así que ‘a priori’ era un juego para la dama de la apnea, la primera mujer que pasó los 100 metros de profundidad.

¿Qué le pudo suceder? Se barajan dos opciones. Una fuerte corriente, por un lado, en una zona bastante movida con profundidades que oscilan entre los 80 y los 100 metros. Y, por otro, la que sospecha la mayoría de los apneístas, un ‘blackout’, un síncope hipóxico. Molchanova, de 50 kilos de peso, se introdujo en el agua con 6 kilos de lastre con los potentados rusos, como informó el ‘Diario de Ibiza’, pero nadie sabe qué ocurrió después, qué le atrapó en el agua, y pocos confían ya -el miércoles se suspendió la búsqueda- en encontrar su cuerpo.

Miguel Lozano, un catalán gigantesco (1,94), es el mejor apneísta español y conoce perfectamente los riesgos de su disciplina. Hace un año se preparó para batir el récord del mundo sin propulsión, 121 metros, establecido por el neozelandés William Trubridge en abril de 2011. Mientras estaba entrenándose en Egipto, en el Mar Rojo, para descender 122 metros, sufrió una lesión pulmonar. Aún así se obcecó en viajar hasta las Bahamas para introducirse en el Dean’s Blue Hole, un agujero de 202 metros de un azul magnético. Pero al salir de una prueba comenzó a escupir sangre. Lozano llamó al fisiólogo sevillano Alfredo Santalla, que le ordenó desistir.

Santalla conoce perfectamente los peligros de la apnea. El primero es la hipoxia cerebral. “A medida que desciendes, el cerebro pierde oxígeno y gana dióxido de carbono. Cuando comienzas a subir, llega tan poco oxígeno que el organismo manda desconectar todos los sistemas que no son vitales y existe el riesgo de un desmayo”.

La segunda amenaza es el daño pulmonar. “Los apneístas son capaces de cargar 12 litros de aire en los pulmones para que tarde más en viciarse de C02 y aguantar más sin respirar. Lozano tiene una capacidad pulmonar de diez litros y consigue dos más mediante un ejercicio de grandes bocanadas para meterlos a presión. Los pulmones llegan a comprimir el corazón y se altera el ritmo cardiaco porque empuja. Cuando bajas, los pulmones se comprimen hasta un litro, como una botella de plástico, y el cerebro da la orden, que Miguel desoye, de respirar. Si no estuviera relajado es como si esa botella fuera de cristal. Se rompería”.

El tercer riesgo es la presión. “A 120 metros es de trece atmósferas. Las ruedas de un coche las llenamos con dos atmósferas y cuando revientan mira lo que pasa. A medida que bajas, las arterias de los brazos y las piernas se ocluyen y la presión arterial sistólica se dispara. Si cualquier persona, en reposo, tiene una tensión de 120/80, y un hipertenso de 140/90, los apneístas llegan a 300/250. El corazón no es capaz de bombear sangre pero, a su vez, eso provoca unas contracciones que realizan una especie de masaje cardiaco que ayuda a bombear”.

Y el cuarto obstáculo es el oído. “Ante tamaña presión lo normal sería que estallara, pero los apneístas realizan una maniobra de descomprensión para liberar el oído medio”. En el descenso, los deportistas se relajan para hacer el mínimo consumo de oxígeno y no estar tensos, pero sin llegar a dejarse ir para no olvidarse de abrir la glotis y que pase el aire.

Tenía dos hijos

A Miguel Lozano le sorprendió la desaparición de Molchanova dando un cursillo en Torrevieja (Alicante). Durante seis meses se gana la vida compartiendo sus vastos conocimientos y enseñando a respirar y a evadirse mentalmente a todo tipo de gente. Los otros seis se entrega a su pasión, la apnea, que le arrancó de un aburrido despacho en Barcelona. Ahora tiene base en Tenerife y dirige un campo de entrenamiento en Sharm-el Sheikh (Egipto).

El apneísta catalán, de 36 años, prefiere no especular. “No hay información suficiente para saber qué le pasó a Natalia, a quien conocía desde hace años. Pero casi siempre se debe a un factor humano, a un error”. Al menos, se consuela, a la mujer que comenzó a batir un récord tras otro, a un ritmo de dos o tres cada año, desde que fue madre de dos hijos -Oksana y Alexei, que sigue sus pasos-, la muerte le sorprendió haciendo lo que más le gustaba. “Siempre se dice esto en el caso de los alpinistas. Yo prefiero morir de viejo, pero si me dicen si quiero morir en el coche o haciendo apnea, elijo haciendo apnea”.

Lozano sabe que cada muerte es un paso atrás en la promoción de su deporte, por eso se esfuerza en recordar que el número de víctimas es muy reducido. “En los últimos 50 años no habrán fallecido más de cinco o seis. Eso sí, cuando fallece uno hace mucho ruido y todo el mundo habla de los peligros de la apnea, que los tiene, pero solo en la alta competición, donde tenemos unos protocolos de seguridad muy estrictos. En la pesca deportiva, en cambio, cada año mueren en España 50 personas y nadie habla de eso”.

Santalla ha explicado la asombrosa transformación que sufre el cuerpo a medida que el apneísta se sumerge -a partir de los 30 metros desaparece la flotabilidad y entran en caída libre a 1 m/s-. Y, claro, el mayor peligro de todos es el pánico. Lozano, como todos, lo domina a base de entrenamientos, repeticiones y unos protocolos bien aprendidos. Lo más práctico es evadirte. Entonces, el riesgo es olvidar las alarmas. Porque desoír el miedo puede darte unos metros definitivos, pero la línea es fina, y del atrevimiento a la temeridad hay un paso. Pillarle el punto a ese momento crítico es la gran virtud del apneísta. “Sabemos cuándo tenemos ganas de respirar y cuándo muchas ganas de respirar”, matiza Lozano.

El catalán, un hombre que ha alcanzado los 117 metros (como la torre España, en Madrid), se ha visto en apuros y una vez se quedó enganchado al ‘lanyard’, el cable de acero que le une con la línea de profundidad. “Hay un momento de pánico, pero controlas. Sabemos desengancharnos del ‘lanyard’ sin mirar”. Tres veces ha perdido el conocimiento. Lo habitual es que suceda en los últimos 10 metros, cuando cambia la presión. “Pero siempre vamos vigilados, con compañía. Salir en un barco y lanzarte no es lo habitual”.

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