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Así es el día a día de los buceadores de la Armada, los héroes del rescate

Han trabajado casi sin descanso desde que se confirmó que los tripulantes del helicóptero siniestrado no habían sido rescatados por un pesquero marroquí, siendo los grandes protagonistas de estos días. Ellos han sido los encargados de descender a más de 45 metros de profundidad para tratar de dar con la aeronave y con sus tres efectivos. Con condiciones climatológicas extremas, datos en ocasiones confusos y tiburones a su alrededor, 20 buceadores no han dejado ni un minuto de sumergirse. Apoyados con los potentes sonares y radares que desde la superficie peinaban el fondo marino, la operación más dura –y también dolorosa– la han llevado a cabo ellos, pues han tenido que reflotar los cuerpos de sus tres compañeros y, a partir de ahora, tratar de izar el Super Puma. Antes de eso, buscaban alguna pista que les indicase dónde se encontraba el helicóptero. Una tarea en ocasiones peligrosa. Ellos mismos lo dicen: «La inmersión más segura es la que no se hace», aunque si han de ponerse el traje y sumergirse, no dudarán en hacerlo. La Armada cuenta con más de 180 buceadores repartidos por Cartagena, Cádiz, Ferrol y Canarias. Pero, ¿cómo trabajan estos efectivos?

Preparación

Una vez alertados, reciben todos los datos sobre su misión para «determinar cuál es la manera más adecuada de distribuir al personal o las inmersiones a realizar», explica el teniente de navío Juan José Gallego Casasola, jefe de la Sección Técnica del Centro de Buceo de la Armada en Cartagena. Tras esto, estudian las cartas náuticas de la zona para conocer las profundidades, el tipo de fondo, las corrientes más comunes, la vida marina y las previsiones meteorológicas. Y, por último, qué medios hay disponibles en el área de búsqueda, ya sean buques o cazaminas con potentes sonares.

¿Cuántos efectivos descienden?

Lo mínimo es una pareja, aunque depende de las dimensiones del área de búsqueda y la tarea a realizar, pudiendo incluso superar los 12 efectivos si el área es de más de 500 metros cuadrados. En este accidente llegaron a desplegarse hasta 16 efectivos apoyados por otros cuatro del buque noruego «Olympic Zeus». En el caso de la laboriosa operación de reflotamiento de un helicóptero, el mínimo es de seis buceadores.

¿Qué equipo llevan?

Si no van a descender a más de 57 metros usan el denominado equipo autónomo (chaleco, gafas, botella, aletas, cuchillo, profundímetro…). Pero si han de superar esa profundidad, lo harán con el equipo de buceo con suministro de superficie ligero o pesado (apoyados por un buque en superficie), que incluye un arnés y botellas de seguridad. Junto a esto, en condiciones de mala visibilidad o en inmersiones nocturnas, irán provistos de focos o linternas. Además, cuentan con detectores electromagnéticos y acústicos, como el sonar de mano. En todos los casos descienden con elementos para la señalización, globos para el reflotamiento, material de grabación de imágenes y, si es necesario , con herramientas de corte y soldadura.

¿A qué profundidad pueden bajar?

Los límites los marca el tipo de mezcla respirable utilizada. Con aire, la máxima profundidad es de 57 metros. «El aire, como mezcla respirable, debido al nitrógeno, se vuelve tóxico a partir de los 30 metros, siendo nocivo para el organismo a partir de los 57», explica Gallego. Por ello, a partir de esa profundidad la inmersión es «excepcional y debe ser autorizada en casos de extrema necesidad». A partir de 57 metros y hasta 90 se usan mezclas de helio-oxígeno con el equipo de suministro de superficie de gran profundidad, llegando el gas respirable por medio de un umbilical desde la superficie.

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¿Cuánto tiempo pueden estar sumergidos?

Cuanto más tiempo dure la inmersión, mayor es la cantidad de gas inerte que se acumula en los tejidos del buzo. Va desapareciendo según se asciende, pero debido a la disminución de presión al ascender, las burbujas de este gas aumentan de tamaño y pueden causar daños graves al buceador. De ahí que, en inmersiones profundas y prolongadas, se efectúen paradas de descompresión. En el caso de descensos con botellas, el límite lo marca su capacidad, pero si es necesario «se pueden utilizar botellas extra colocadas a lo largo de un cabo por el que los buceadores descienden y ascienden a la superficie», tal y como explica el teniente de navío. La temperatura, que desciende drásticamente según se van sumergiendo, es otro factor a tener en cuenta.

Búsqueda y localización

La parte más importante es la preparación del campo de búsqueda, ya que el área ha de estar correctamente balizada y diferenciada. Es fundamental conocer las dimensiones para saber qué métodos poner en marcha. El más idóneo en áreas extensas –explica Gallego– es «el del buceador remolcado por una embarcación y la búsqueda entre filieres, unos cabos de distinta longitud que van desde los 500 a los 1.500 metros». Si se tiene una idea de dónde ha podido caer el aparato, las búsquedas se centran sobre un punto determinado, «siendo las más resolutivas las de tipo circular». En todo momento están apoyados por sonares como los de los cazaminas, que ofrecen información vital. Una vez identificado el aparato, también entran en juego los robots submarinos, que ofrecen una imagen en tiempo real del lugar. «Cuando se confirma que se ha encontrado el aparato siniestrado se señaliza mediante una boya y un fondeo amarrado al fondo y se marcan las coordenadas en los sistemas de navegación», cuenta el teniente de navío.

Así es el día a día de los buceadores de la Armada, los héroes del rescate
Imágenes de archivo del equipo de buzos de la Armada trabajando en operaciones de búsqueda y rescate

Reflotamiento

Es en este punto donde se convierten en los verdaderos protagonistas, ya que son los que han de enganchar el aparato para izarlo. Lo primero es inspeccionar los restos e inmediaciones del lugar para poder evaluar el estado del aparato y estudiar la mejor alternativa a la hora de proceder a reflotarlo. Según las condiciones ambientales y el peso del aparato en cuestión (8 toneladas pesa el Super Puma) usarán globos de reflotamiento (soportan hasta cinco toneladas) o cables anclados al mismo y amarrados a un chigre o cabestrante que lo iría subiendo a la superficie. En este caso, también se han desplegado dos redes de grandes dimensiones, por lo que podrían usarse junto a los globos. Una vez en la superficie, las grúas de los buques en la zona, como las del «Camino español», se encargarán de subirlo a la cubierta.

Límites operativos

El mal tiempo ha sido la tónica en este rescate y es el principal problema al que se enfrentan los buzos. «El viento no puede ser superior a 25 nudos ni el estado de la mar superior a marejadilla» (en los últimos días del rescate había marejada de 2 a 4 metros). En inmersiones nocturnas, el viento no puede superar los 15 nudos. Eso sí, si es estrictamente necesario pueden superarse estos límites. Otros problemas a los que han tenido que hacer frente en esta operación han sido los tiburones (se desplegaron tiradores de precisión en la superficie). Y si el fondo es de fango, el aparato puede quedar enterrado, lo que dificulta que sea detectado por los sonares. Las corrientes, mientras, pueden afectar o favorecer la labor según se trabaje a favor o en contra de éstas.

fuente eldia

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