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Así fue el rescate del helicóptero: ‘Aparecieron tiburones de tres metros’

Eran las 20.00 horas del pasado 22 de octubre. Estaba en casa cuando sonó su móvil, el de las emergencias: había caído un helicóptero en aguas del Atlántico. Ninguna noticia sobre sus tres tripulantes: el capitán José Morales Rodríguez, el teniente Saúl López Quesada y el sargento Jhonander Ojeda Alemán. Volaban en un helicóptero del 802 escuadrón del Ejército del Aire que desapareció a 280 millas de Gando (Gran Canaria) y a 40 millas al suroeste de Dajla (Sáhara Occidental).

Desde el minuto uno, el capitán de corbeta Francisco Javier Súnico se puso al frente del equipo de rescate submarino. Fueron nueve días en los que buzos de Canarias y Cartagena se expusieron, se la jugaron. Nueve días en condiciones infernales, con la amenaza permanente de los tiburones, con heridos, con golpes, con riesgos… «La primera orden fue activar un equipo de buceo urgente para mantener a flote un helicóptero accidentado». Fue el inicio de la que hasta ahora ha sido la misión más difícil en sus 15 años de inmersiones.

«Se activó un primer equipo de urgencias, el mío. Estuvimos desde el primer día. Salimos desde Canarias: cinco hombres con todo el material imprescindible. Viajamos en dos helicópteros: uno español, para transportar el material, y un Puma marroquí, en el que fuimos los buceadores, con la idea de saltar al agua. Nos preparamos para saltar y antes de salir le dije al piloto marroquí: ‘Necesito que hagas un estacionario a cinco metros de altura’, que es el procedimiento de seguridad. Me dijo que podía hacerlo aunque no lo había hecho nunca. Al llegar a la zona me dio luz verde para el salto a 30 metros de altura. Le dije que no, tenía que bajar mucho más porque si no nos matábamos. Bajó hasta los 18 metros, que ya es un salto peligroso. Empezamos la misión con ‘alto riesgo’. Y comenzamos a buscar, aunque los medios iniciales eran mínimos. Buscamos en el punto de colisión en el agua, en el último posicionamiento y donde fue localizado un flotador del aparato con una rueda del tren de aterrizaje».

Desde el principio hubo otro peligro: los tiburones. Muy numerosos pero, al principio, pequeños, de un metro. Las condiciones para el buceo eran aptas. La visibilidad, entre cinco y siete metros. Aceptable. «Se podía trabajar bien. En esta primera jornada bajamos por parejas. Sentimos el peligro de los escualos y tiramos de cuchillos por si teníamos que defendernos. No hizo falta. Aún no teníamos tiradores. Tampoco disponíamos de cámaras hiperbáricas. Los primeros días nos la jugamos más».

«Llegamos a las 23.00 horas a costa y a las cinco de la mañana ya estábamos de nuevo en ruta a la zona de búsqueda». Y así nueve días.

Los tiburones estuvieron allí todo el tiempo. Su amenaza era permanente. «Contábamos entre 10 y 15 aletas… El tiempo aún era aceptable, pero empezaba a complicarse y hacerse difícil». Comenzaron las corrientes, arriba y abajo. El día 27 [cinco después del primer aviso] se unieron otros seis buzos de Cartagena. «Pasamos de 11 a 17 buzos. Ya llegaron el Rayo y los dos cazaminas [buques de refuerzo]. A bordo, todo el equipo que nos faltaba, incluidas las cámaras hiperbáricas y los tiradores de precisión para protegernos de los tiburones, además de personal médico especializado».

El día 28, los cazaminas encontraron el helicóptero. «Hicimos una primera inmersión para confirmar el hallazgo. Las condiciones ya eran muy malas, apenas veíamos a un metro. Los robots no podían bajar. El juez necesitaba confirmación visual. Mala mar. Dos metros de olas, corriente más fuerte, mar de fondo en la profundidad, que te bamboleaba, te llevaba de un sitio a otro… terrible. Pudimos confirmar visualmente la localización. Los buzos no se acercaban al helicóptero por el peligro bestial. Aparecieron los primeros tiburones de tres metros. Los veías cuando ya estaban a un metro».

«A la poca visibilidad se sumaba el riesgo de cortarte con las estructuras metálicas. Un corte con tiburones de tres metros, imagínate. Las palas del helicóptero, movidas por las corrientes, también eran un riesgo. A un compañero le dio un golpe en la cabeza. A mí, en una pierna. Teníamos que meternos dentro del aparato. Pudimos acceder y confirmar la presencia de los tres cuerpos. Después, hicimos un plan para extraerlos en dos días. La prioridad era no correr riesgos y que no se perdiera ninguno de los cuerpos. Fue un trabajo de riesgo extremo. Con la ayuda de globos logramos mover el aparato y acceder al interior. Ya bajábamos de cuatro en cuatro. Uno se dedicaba a proteger a los demás, fundamentalmente de los tiburones».

El día 30 se lograron extraer dos cuerpos. El 31, el tercero. «Ese día se produjo un accidente. Estaban cuatro buzos bajo el agua. En un momento dado, al final de esa inmersión, salieron dos fuera de la zona acotada. Dieron la señal de emergencia, de accidente. Me informaron de que no habían podido hacer la parada de descompresión. Se les evacuó en un tiempo mínimo a las cámaras hiperbáricas. Los otros dos buzos seguían sin aparecer. Imagínate el miedo. Pensamos que se habían quedado atrapados en el helicóptero. Ya teníamos preparada otra pareja de buzos y otro equipo más para rescatarles. Pero al final emergieron».

No se habían quedado atrapados pero el susto fue impresionante. «El último equipo ya bajó y recuperó el tercer cuerpo muy fácil porque el anterior equipo, el del susto, había dejado el escenario bien preparado».

«Ha sido el rescate más potente, difícil y peligroso que he hecho en mi vida», finaliza su relato Súnico.

fuente elmundo

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