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L’Alguer tiene un ‘rey de la langosta’ que es menorquín: Gabriel Arguimbau Ferrer

Entre las diversas temáticas que incluye el nuevo volumen de las ‘Publicacions des Born’ (nº 23 y 24) presentado estos días en el marco de las jornadas que la Martí i Bella ha organizado sobre el mundo fenicio y púnico en Menorca y las Balears, está la curiosa historia de un menorquín, Gabriel Arguimbau Ferrer (Ciutadella, 1876-L’Alguer, 1938).

Gabriel Arguimbau Ferrer en un retrato probablemente hecho en Marsella hacia 1915. Foto: Alberto Coll Arredondo.
Gabriel Arguimbau Ferrer en un retrato probablemente hecho en Marsella hacia 1915. Foto: Alberto Coll Arredondo.

Nacido en el seno de una familia fuertemente enraizada al mar y perteneciente a una estirpe menorquina de larga tradición como armadores, Arguimbau fue conocido, en L’Alguer y la isla de Cerdeña, como Gabriel ‘el español’ y se convirtió en una especie de mito como ‘rey de la langosta’. El autor de esta historia sobre Gabriel Arguimbau Ferrer es Alberto Coll Arredondo, ex presidente de la S.H.A. Martí i Bella y también del Cercle Artístic de Ciutadella.

Fue alrededor del año 1900 cuando Gabriel Arguimbau Ferrer; que ya conocía L’Alguer de una anterior estancia para refugiarse en su puerto por el mal tiempo mientras realizaba sus rutas entre Menorca, Barcelona, Marsella y Génova; inició el comercio de exportación de langosta, básicamente entre L’Alguer y Marsella.

Todo ello a bordo del bergantín de dos palos a vela ‘El Balear’, en el que introdujo un ingenioso sistema que hacía que la propia embarcación sirviera como vivero para las langostas, para que llegasen a su destino con un porcentaje muy bajo de mortandad. Se trataba de un tanque de grandes dimensiones en la parte central del barco con múltiples orificios que permitían la entrada de agua del mar en el compartimento, a la vez que, por su diámetro, impedían la huída de los animales.

Otro de los aspectos por los que Arguimbau comenzaba a ser también conocido por L’Alguer era por el alquiler que realizaba, con embarcaciones que llevaban un sistema de viveros en su casco, a los pescadores de langosta del lugar, a los que, además, anticipaba un pago a cuenta por la compra de las capturas de langosta que les permitía afrontar las dificultades que suponía el estar algunos meses fuera de casa.

Dibujo de una 'españoleta', barca inspirada en el llaüt menorquín. Foto: Alberto Coll Arredondo.
Dibujo de una ‘españoleta’, barca inspirada en el llaüt menorquín. Foto: Alberto Coll Arredondo.

A ello se le unió, asimismo, la introducción del sistema de nasas para la pesca de la langosta, siendo Gabriel Arguimbau Ferrer quien convenció a dos pescadores menorquines para que se trasladaran a Cerdeña a enseñar el arte y uso de las nasas. Ese sistema fue incorporado a las nuevas embarcaciones que se construían en esa época, unas barcas que llamaron ‘españoletas’ y que se inspiraron en los ‘llaüts’ menorquines que el propio emprendedor isleño había llevado hasta L’Alguer.

Esos barcos vivero de langosta móviles, la introducción del arte de las nasas para la pesca de la langosta y de la embarcación específica ‘españoleta’supusieron un cambio sustancial en las técnicas y costumbres pesqueras de la isla de Cerdeña. Y a su impulsor, además de ‘el español’, le valieron el apelativo de ‘rey de la langosta’. Si buena parte de esos cambios aún hoy perduran en L’Alguer, lo que también perdura es su recuerdo, ya que, fallecido allí de un ataque al corazón a los 62 años, actualmente se canta una canción popular dedicada al menorquín.

La canción, con letra del poeta Miquel Dore y música de Joan Pais, se titula ‘Lo pescador que se deu casar’ y habla de un pescador que dice esperar a que el “dimoni de l’Espanyol”subiera el precio de la langosta para así poder recoger el suficiente dinero para poderse casar. El calificativo de ‘dimoni’ no viene a cuento de la maldad del ‘español’ sino que se relaciona como signo de admiración por su destreza con los negocios.

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