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Lucho Mogollón, el domador de tormentas

Lucho Mogollón, el domador de tormentas  ¿Cuál es su definición de guerra?

Para Lucho, son dos veleros enfrentándose “a muerte”. Barcos que disparan ramas de apio, huevos de gallina y tomates rojos y verdes. Y cebollas. Y más apio. Lo que sea menos cocos, esos sí pegan duro. Esos, esos sí pueden matar al enemigo, y no es la idea de esta guerra. Jamás.

Se llama Luis Enrique Mogollón de Zubiría, pero su familia y amigos lo rebautizaron Lucho. Parece un señor común y corriente. Normal. ¡Mucho ojo! Solo parece.

Detrás de esa cabellera blanca y del señor alto y flaco que sostiene siempre un bastón colorido, está un tipo con intrépido sentido del humor, amante del cine y acostumbrado a cambiar significados. A romper esquemas. Acaba de cumplir 88 años -9 de diciembre- y su lugar favorito es el mar, no para mirarlo de lejos -ni más faltaba-, para recorrerlo. Pocos le ganan a Lucho en las competencias que Club de Pesca y ahora el Regatta Cartagena Club organizan de vez en cuando. Ochenta años en el mar certifican el título de “maestro de maestros” que sus colegas marineros le han puesto. Es que comenzó a timonear veleros a los ocho años en la  bahía interna de Cartagena y todavía no para.

“Nací en mi casa, en Manga, nada de hospitales -dice sonriente-. Ni siquiera recuerdo cuándo comenzó mi amor por los veleros, es algo de toda la vida, siempre he vivido con algo del mar.

“El primer recuerdo que tengo es que me escapaba de la casa y me iba con la ‘cosita’ -una especie de mesada, pero diaria, entiendo-, que casi siempre eran cinco centavos, para alquilar un cayuco de vela, entonces aprendí a hacer vela. Aprendí que no se podía ir contra la brisa, supe cuándo estaba soplando viento y cuándo brisa…como dicen los marineros locales”.

El primer velero que timoneó se lo prestó su hermano Pepino, y en 1954 construyó en casa uno propio. Lo llamó Yolita, en honor a una de sus tres hijas, y era un barco de 24 pies que “murió” en 1978, cuando el brazo de la grúa que lo remolcaba le cayó encima. También tuvo dos snipes y otro velero llamado Nepente, que vendió hace dos años.

El mar, otro planeta -Cuando me hablaron de usted, pensé que tanto amor por el mar venía de su papá, de su sangre -replico.

“Mi papá, José Vicente Mogollón, no era apasionado de la vela, pero sí le gustaba mucho la natación. Era miembro de un club que salía los domingos desde las playas de Santo Domingo, se echaban al agua y nadaban hasta donde ahora queda el Hotel Caribe -Bocagrande-“.

Piense en el sonido de las olas. Ese ruido eterno que va y viene está metido en los oídos de Lucho todo el día, todos los días. “Sabes, ahora mismo tengo el mar tan metido en mí que tuve que consultar un médico otorrinolaringólogo, porque todo el tiempo tengo en el oído derecho el sonido de las olas, una cosa ahí como agua…un problema de las trompas de eustaquio, que lo tengo desde el tiempo de la pesca submarina”, explica.

-¿También hizo pesca submarina?, pregunto.

-Sí, bastante. Era casi profesional y  entre muchas otras piezas, saqué una manta raya. Eso fue en 1955.

-¿Sí? Me parece fascinante. Cuénteme un poco de esa experiencia -replico-.

-Bueno, comencé metiéndome en el agua en 1949. Era una cosa increíble. Parecía otro planeta, por los colores, por todo…eso ya no es así. Ahora solo sobrevive el cinco por ciento de los corales, hace 60 años era el cien por ciento, tenía un colorido increíble, tanto así que la primera vez pasé tanto tiempo viendo desde la superficie que me pegué una insolada de hospital, pero me encantó. Yo digo pesca submarina, pero terminé haciendo fotografía submarina porque tenía una muy buena cámara. Lucho trajo los primeros seis equipos de buceo autónomos a Colombia. Hasta ese momento solo había en el país escafandras, que funcionaban con un tubo conectado a un barco y con botas de plomo.

*** Esta mañana, fresca y serena, Lucho y yo charlamos en el Club de Pesca, mientras sus “hermanos de mar” le preparan un homenaje. Todo el que pasa lo saluda, él corresponde con una sonrisa y, a veces, con un chiste.

-Leí que usted estudió en Boston -Massachusetts, Estados Unidos-. ¿Qué estudió?

-Ah sí. Me mandaron al colegio en 1940 y un año después fue Pearl Harbor, la guerra, entonces me quedé allá bastante tiempo. Hice la primaria y después fui a bachillerato en New Hampshire, en el norte de Boston. De ahí pasé a la Universidad de Pensilvania, a la facultad de Wharton, que le hace buena parte de la economía al país.

-Osea que usted es economista…

-Desafortunadamente, sí.

-¿Y por qué desafortunadamente?

-Porque no me gusta -ríe a carcajadas-.

-¿Por qué la estudió?

-Presión familiar. La ejercí mucho tiempo.

-Si hubiese estado en sus manos, ¿qué hubiera estudiado?

-Arquitectura naval.

-¡Mejor dicho! Todo tiene que ser con el mar -ambos reímos-.

Lucho ríe y ríe. Me cuenta que en Boston comenzó a hacer vela “de verdad”, en campos de verano. Hacía batallas navales con los veleros. Allá aprendió qué es la regata, es decir, a competir en carreras entre embarcaciones. Entendió que el mejor marinero no es el que no se marea, sino el que es inteligente, sabe leer sobre vela, es disciplinado, pero hay un requisito fundamental: “sentir ese amor intrínseco por el mar, un sentimiento que no te puedo explicar”, dice.

¿Un recuerdo sagrado? “Una vez, viniendo de Panamá en el velero de un alemán amigo mío, desayunamos con cerveza, eso acostumbraba el alemán, pero no fue la cerveza lo que nos hizo ver lo que vimos…como a las 9 de la mañana, todo el mar tenía delfines saltando, de a dos, de a uno, de a cuatro y hasta de a diez. Todo el mar, hasta donde llegaba la vista, por todos lados. Increíble. Lo más bello que he visto”.

Y entonces me roban a Lucho. Sus amigos lo reclaman, él sale a tomarse algunas fotos. Mientras bromea, su hija  Ángela me explica el porqué de su bastón.

“Tenía como 70 años y compró unos patines en línea. Pasaba patinando, era el abuelo patinador, y a los 80 se cayó y se fracturó la cadera muy cerca de la casa”, comenta.

El homenaje interrumpe la conversación con Ángela. Lucho escucha con atención. Baja la cabeza y se apoya en su bastón mientras le sacan “los trapitos al sol”. Cuatro o cinco amigos -no recuerdo bien- comienzan a rememorar las proezas del maestro: la guerra de verduras y el día que navegó viento en popa en reversa hasta Cholón. La línea delgada entre la vida y la muerte que casi cruzó cuando se metió detrás de un buque japonés en Cartagena y salió ileso. El día que una vecina dio el pésame a Yolanda -su esposa-, porque Lucho había pasado toda la noche en el mar.

Y quisiera rematar con la oración de uno de esos “hermanos de mar” que caló en mi memoria: “Lucho es un hombre terrible, sí es un enemigo de vela. Para este señor, no hay tormenta que valga”.

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