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En busca del ‘oro del mar’

Se pone el sol sobre la ría de Ajo y media docena de mariscadores toman posiciones en torno al Molino de la Venera, cuatro kilómetros río arriba de la desembocadura del Campiazo. Hombres de mar y pocas palabras, cada noche, cuando sube la marea, peinan el río en busca del ‘oro del mar’. La angula se pesca con nocturnidad y alevosía. No hay otra forma. El preciado alevín de la anguila solo se atreve a dejar el lecho del río cuando su mundo se apaga. «De día está enterrada. Lo que la levanta son las noches de luna ciega, las mareas grandes y que el río esté turbio. Por eso este año hay poca angula, porque no está lloviendo y las aguas están claras». José Esgueva era encofrador, pero llevaba el marisqueo en los genes, así que cuando pararon las obras de la autovía Solares-Torrelavega, donde trabajaba, se sacó la licencia, se puso las botas de agua y se echó al mar.

Ahora es uno de los 40 mariscadores cántabros que tienen licencia para pescar angulas. Y no falla una noche, porque con la crisis de la almeja, la cría de la anguila se ha convertido en su tabla de salvación. «Esta vida es dura porque no hay marisco. Dura porque hay días que trabajas cuatro o cinco horas para ganar 25 euros… Cada vez hay más zonas cerradas al marisqueo por la contaminación, pero eso lo pagamos nosotros, no el que contamina. Está muy jodido. Tengo 47 años y mucho me gusta pescar y vivir del marisqueo, pero no me voy a jubilar de esto. Eso fijo. Ahora mismo si no es por la angula… nos está dando la vida».

El cierre de la pesca de almeja en la Bahía de Santander, ordenado por el Gobierno de Cantabria regional el día 1 de enero, ha herido de muerte a un sector que ya agonizaba. Si ya eran pocos los que mantenían viva esta tradición ancestral (110 personas con licencia), tras el cierre de la Bahía 52 de esos mariscadores han preferido irse al paro que malvivir de los muergos.

Aguantan, entre otros, los 40 que tienen licencia de angula, pero tampoco es un camino de rosas. El arte en sí no requiere una pericia especial, ‘solo’ la paciencia y el tesón de un buscador de oro. Porque hay días buenos en los que uno pesca un kilo y saca en la lonja más de 300 euros, y otros en los que tienen que hacer la cuenta en unidades para no desesperarse. «Ayer, por ejemplo, cogí 150 angulas». Más o menos 50 gramos, que en lonja se pagan ahora mismo a 16,5 euros. «Aquí sacas el jornal justo. Viniendo todos los días y a base de tiempo. Pero mira que año llevamos. Hace tres se pescaron aquí muchas angulas porque en diciembre y enero el río estaba como el chocolate».

El único misterio de la pesca de la angula –porque en realidad no tiene una explicación científica– está en encontrar su rincón predilecto. Por alguna razón, hay recodos y orillas mejores que otras. Y por eso los mejores puestos de los ríos anguleros de Cantabria (el Campiazo, el Pas, el Nansa y el Deva) salen a sorteo cada año. Cada uno tiene su nombre y su valor. Alrededor del viejo molino de marea están ‘El chopo’, ‘El embarcadero’, ‘La escuadra’ o ‘El rincón’, pero los mejores puestos son ‘Cocina’ y ‘Bajo-cocina’, coinciden los mariscadores. «Hay rincones donde la angula tiene querencia, pero no sabemos por qué», explica José desde ‘La farola’, mientras lanza su ‘ceazo’ al agua y lo arrastra por la superficie con la cadencia reposada del toreo de salón. «El puesto es lo más importante, pero luego también está el remar. Habrá mariscadores que en una hora hagan 300 echadas y otros que echen 200. El ritmo no puede ser ni muy lento ni muy rápido. Y así tienes que estar dos o tres horas hasta que se acaba la marea».

Cada uno lleva un cedazo hecho a mano. Una herramienta sencilla para pescar el ‘oro’ del río. No es más que una malla de acero inoxidable amarrada a una vieja caña de pescar. Además usan un cubo con un filtro para depositar las angulas y una linterna que les permite contar las piezas que cogen en cada echada. Y un chaleco reflectante con numeración, indispensable para distinguirse de los pescadores furtivos.

El furtivismo de la angula es un problema sobre el que los legales pasan de puntillas. «Todo el mundo necesita algo de lo que vivir, y los furtivos suelen ser gente en paro. Pero ellos también pueden ir a la Consejería a pedir sus licencias y pagar sus permisos. Lo fácil es venir y pescar. A mí un furtivo que pesca más abajo de mi puesto no me molesta, pero a veces hay problemas con ellos, follones por los sitios y hasta peleas. Pero lo malo es que la pesca furtiva hace bajar el precio que nos pagan a nosotros en lonja».

Los mariscadores reconocen que este año hay más control por parte del Seprona de la Guardia Civil, que a mediados de enero desarticuló una red de pesca furtiva de angula que actuaba en las playas de Noja y Loredo. La madrugada del jueves día 4 hubo otra intervención, con varias detenciones más en el marco de la Operación Sargazos.

Y mientras los furtivos van cayendo poco a poco en las redes del Seprona, los legales buscan cada noche su futuro en el río. Bajo las estrellas solo se escucha el leve chapoteo de los cedazos. Hasta que uno pega una voz para pedir la cuenta de las angulas que pescan los demás en cada echada. «Aquí una docena», contesta Javier Tolosa. Los demás resoplan y siguen tirando. Ese día terminaron sacando un kilo por cabeza. El día anterior había llovido a mares.

fuente eldiariomontanes

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