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“Deberíamos volver al trueque y dejarnos de tanto dinero”

En las inmediaciones de la Isleta del Moro en el Cabo de Gata (Almería), aparca una furgoneta de varios colores chillones que destaca entre las casitas blancas amontonadas cerca de la playa y los grandes islotes, característicos de este pueblecito de pescadores. Cualquiera pensaría que pertenece a una pareja de jóvenes hippies de California y sin embargo, una vez la puerta se abre, sale de ella Antonio Gómez Albarrán, un extremeño de 66 años barbudo y con arrugas que transmiten sabiduría.

Me gusta dormir cerca de las olas.

Antonio empezó a pescar a los 12 años y a los 14 decidió independizarse y dejar los estudios, aunque experiencias y conocimientos no le faltan. Ha estado en 126 países y ha dedicado prácticamente toda su vida al mar: empezó como grumete, trabajó varios años en la marina como experto en nudos y se sacó el título de patrón de pesca litoral de primera clase. Ha transportado toneladas de pescado y navegado miles de millas en buques madederos, traineras o barcos cerqueros.

“El mar es muy sacrificado pero a la vez adictivo”, admite mientras se lía un canuto y escucha música rap- “no me imagino viviendo en la ciudad y aunque tenga una hija en Madrid a la que adoro y veo a menudo, me gusta dormir cerca de las olas”. Ahora, una vez jubilado y siendo fiel a sus ideales, ha decidido vivir un tiempo en la Isleta del Moro, con una pensión que apenas llega a los 500 euros y una caravana con vistas a los mejores acantilados. Es todo lo que necesita.

No me imagino viviendo en la ciudad.

Aunque no le gusta seguir ninguna rutina y asegura que hace siempre “lo que le da la gana”, casi cada mañana va ayudar a los pescadores de la zona. “Les echo un cable con las redes porque, pobre gente, de aquí poco tiempo la pesca artesanal ya no les dará ni para comer”.

Esta población de Almería, dedicada casi exclusivamente a la actividad pesquera, ya sea por tradición familiar o falta de alternativas, está sufriendo la amenaza de los grandes pesqueros de arrastre. Los pescadores tradicionales lo hacen todo de forma artesanal, incluso las redes. “Comprar una red montada de 100 metros te vale 120 euros, sin embargo hacerla tu mismo te cuesta 30”.

Los pescadores de la Isleta, además de redes, utilizan también nasas que ellos mismos diseñan. Las nasas son una especie de cajas con un agujero central por el que entran los pulpos, evitando así la captura accidental de otras especies, algo que no resulta perjudicial para el medio marino. Estos pescadores son muy buena gente”- reconoce Antonio, “intentan usar siempre el método más sostenible y las redes pasivas, no como los grandes barcos mercantes que sólo contribuyen a cargarse el ecosistema, como la posidonia marina de la zona, por ejemplo. El método de arrastre además baja la calidad del pescado, reconoce.

Las nasas son una especie de cajas con un agujero central por el que entran los pulpos.

Por este motivo, Antonio va casi cada día a confeccionar redes: para ayudar a los pescadores y contribuir a una pesca más respetuosa con el medio marino. Una red estándard está formada por 10 paños y cada paño le supone a Antonio cuatro horas de trabajo, es decir puede tardar tranquilamente de entre 10 a 15 días para finalizar un arte. En lo que va de temporada debe llevar unas 12.

Comprar una red montada de 100 metros te vale 120 euros, sin embargo hacerla tu mismo te cuesta 30.

“Los pescadores me traen pescadito cuando tienen buen material, para recompensar mi ayuda. “Es un trueque voluntario y totalmente altruísta” nunca esperamos nada a cambio, reconoce.

“Deberíamos volver al trueque y dejarnos de tanto dinero, seguro que el mundo iría mejor”. Antonio cocina en su furgoneta una media de tres veces por semana el pescado que le traen. Su favorito es el salmonete, aunque le gustan mucho también la barracuda y la lecha. Casi siempre come solo, delante del mar y viviendo el presente, “algo que muchos en la ciudad hemos olvidado”- suspira el capitán.

Los pescadores me traen pescadito cuando tienen buen material, para recompensar mi ayuda.

Su mensaje es claro: “vivimos en un mundo deshumanizado dónde lo único que prima, como dice Galeano, es el envase”. El pescado que ofrece esta gente, tal vez más caro por culpa únicamente de los intermediarios, es mucho mejor.

“He formado parte de la pesca de arrastre y ahora que estoy jubilado y me lo puedo permitir, colaboro con la pesca sostenible y pongo mi granito de arena”. Este es un sector que acostumbra a estar infravalorado por la sociedad. Podemos evitarlo: “deberíamos preguntar siempre en nuestra pescadería de dónde proviene el pesado que vamos a comer. Debemos apoyar a los pescadores de toda la vida”

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