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«Me di cuenta de que me empezaba a faltar el aire y entonces vi a mis hijos»

Los 35 años que lleva Benito en la Costa da Morte no han logrado desdibujar ni su marcado acento andaluz ni su espíritu libre. Se confiesa un adicto a la vida y al mar, al que tanto debe y tanto respeta. «Yo le doy mucho las gracias al mar, porque me ha dado mucho más de lo que me ha quitado en todos estos años».

Aterrizó en Moreira (Muxía) harto de la ciudad y de su modo de vida. Por aquel entonces tenía 22 años y un espíritu aventurero que lo llevó a adentrarse en el corazón de la Costa da Morte con poco más que lo puesto. «Al principio creo que los vecinos pasaron un poco de miedo. ¡Lógico! ¡Si eramos siete peludos que llegaban a la aldea sin nada! Seguramente pensarían que venían los indios a atacarles, poco menos, pero después vieron que veníamos en son de paz y hasta nos cogieron cariño y todo», relata con nostalgia. «Los vecinos de nos prestaron una casa en ruinas sin pedirnos nada a cambio. Siempre nos ayudaron, en todo momento, e incluso nos enseñaron a trabajar la tierra».

Fue autosuficiente durante varios años, cultivando su comida e intentando ser autosuficiente, para después dedicarse a la pesca submarina del longueirón. «Ahí comencé a ver algo de dinero y me planteé asentarme y comprarme la casa». Pero pronto una infección de oído le sacaría de los fondos marinos para llevarle a la superficie y dedicarse de lleno al percebe. Allí sigue aún a día de hoy, en su pequeño coto en Touriñán, aunque el oficio ya no es lo que era. «En su momento se vivió muy bien, antes del invento este de la crisis. Antes con salir tres o cuatro días a faenar podías vivir todo el mes tranquilamente; con diez, ya tenías ahorrado para un par de meses. Hace años se ganó mucha pasta con el percebe».

Sin embargo, no fue el dinero lo que movió a este jerezano a postrar su vida al mar, sino su dedicación absoluta a la naturaleza. Desde niño supo que el ritmo acelerado de las ciudades no eran para él, ni el ajetreo de los coches o de la gente al pasar. Lo suyo era la naturaleza salvaje: «Desde chiquitito noté que cuando me soltaban en medio del bosque sentían cosas especiales», explica.

Los percebeiros están hechos de otra pasta, de ello no cabe duda: «Para trabajar de esto te tiene que gustar sufrir», dice él mismo. Y sufrió. Sufrió en cada subida, en cada escalada por las rocas y en cada susto, en los que el mar se encargó de recordarle quien manda en realidad. En una ocasión un golpe de mar lo arrastró más de veinte metros desde donde estaba. «Yo practiqué surf hasta hace poco y estaba acostumbrado a los revolcones, pero nunca como los remolinos que se formaron aquel día. Llevaba demasiado tiempo bajo el agua, con el mar sacudiéndome de un lugar hacia otro, y me di cuenta de que me empezaba a faltar ya el aire. En ese momento vi a mis hijos. Fíjate si vi cerca la muerte. Entonces una ola me empujó y reboté con el culo contra una roca, lo que me sirvió para rebotarme, sacar la cabeza y coger algo de aire. Después, aunque volví para adentro, por lo menos ya tenía los pulmones llenos», relata.

Fueron momentos angustiosos para sus compañeros, que contemplaban como pasaban los minutos y la cabeza del percebeiro no asomaba. «‘Yo no habría aguantado tanto tiempo debajo del agua’, me decían».

Pese a todo, Benito volvió a nacer aquel día cuando el mar lo escupió a 25 o 30 metros más allá de donde se había caído, cuando ya sus compañeros habían perdido la esperanza. «No le tocó, se ve que no me quería todavía». Reconoce haber sentido miedo, aunque prefiere seleccionar las cosas buenas de la vida, tomárselo con humor y tirar para adelante, sin temor.

En 35 años le ha dado tiempo a este jerezano a atesorar buenos recuerdos, a formar una familia y a echar raíces en su querida Muxía, pero también hubo sombras entre tanta luz. La peor fue sin duda la catástrofe del Prestige. «Lo pasé muy mal, fue uno de los peores momentos de mi vida». No por el hecho de no poder salir a faenar o por el dinero perdido, sino por la desolación que presenció en Touriñán, donde colaboró también como voluntario.

«El dinero no era el problema porque la Xunta nos compensó durante algún tiempo, alguna gente incluso llegó a llevarse varios miles de euros al mes. Pero era muy triste ver todo aquello tan devastado, sobre todo cuando se podría haber evitado». Considera que se podría haber maniobrado de otro modo y que, al final, «les hubiera salido mucho más barato llevar el buque a un puerto y descargarlo en vez de dejarlo a la deriva».

Pese a todo, Benito nunca se olvida de colocarse una gran sonrisa cada mañana. «Es un lujazo poder vivir como uno ha elegido». Ciertamente, la vida es como uno se la toma, y este andaluz tiene muy clara su filosofía vital: «A este mundo no se viene a sentir pena».

fuente lavozdegalicia

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