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Así era el terror de los mares

Con su cabeza acorazada, su mandíbula dotada de afiladas cuchillas dentales, una tonelada de peso y hasta seis metros de envergadura, el placodermo “Dunkleosteus Terrelli” era el terror de los mares de hace 360 millones de años. Este “hueso negro”, su nombre proviene del alemán “Dunkle” (oscuro) y del griego “osteos” (hueso), está considerado uno los depredadores marinos más fieros y mortales que han existido jamás. De hecho, fue el rey de los cazadores submarinos del Silúrico y el Devónico (hace entre 440 y 360 millones de años), periodos en los que ocupó la cima de la cadena alimentaria.

Los placodermos reciben este nombre por la coraza de hueso que cubría la parte más anterior del cuerpo (cabeza y tórax), mientras que el resto del tronco y la cola de estos peces estaban generalmente cubiertos con pequeñas escamas y su esqueleto era de naturaleza cartilaginosa. Como consecuencia, en muchos casos, los únicos restos de placodermos que han quedado preservados en el registro fósil son las placas óseas de la cabeza, hecho por el cual la forma del cuerpo es desconocida en la mayoría de las especies descubiertas hasta ahora.

El “Dunkleosteus terrelli” es el placodermo carnívoro de mayor tamaño descrito hasta el momento. Se han hallado numerosos fósiles de su coraza en Norteamérica, Polonia, Bélgica y Marruecos, pero la mayoría de las reconstrucciones clásicas de esta especie han sido puramente especulativas. La primera reconstrucción real la acaba de publicar el equipo de investigación EVER (Early Vertebrate Evolution Research-lab) de la Universitat de València (UV), formado por los paleontólogos Humberto Ferrón, Carlos Martínez y Héctor Botella.

El trabajo de este equipo de la Facultad de Ciencias Biológicas y del Instituto Cavanilles de Biodiversidad y Biología Evolutiva (ICBiBE) se ha centrado en establecer la relación entre la morfología corporal de tiburones actuales y su locomoción, para poder realizar comparaciones y entender la forma corporal de especies de peces extintos.

El hallazgo fundamental del trabajo ha sido que, dentro del grupo de tiburones que nadan de forma continua y activa, las especies más grandes necesitan colas (o aletas caudales) proporcionalmente más amplias. Este fenómeno es debido a la necesidad de compensar una pérdida de flotabilidad que se da en los individuos más grandes, dado que la frecuencia con la que baten sus colas decrece con el tamaño, explica Humberto Ferrón, investigador del Departamento de Geología de la Facultad de Ciencias Biológicas.

Inspiración en el gran tiburón blanco

Además, Ferrón asegura que este hecho explica que las especies más grandes de tiburones, como el conocido tiburón blanco (“Carcharodon carcharias”), tengan colas muy amplias en forma de media luna. De hecho, añade, este fenómeno ha sido documentado ya con anterioridad en otros grupos no emparentados con los tiburones, como los delfines o los atunes, o incluso en grupos ya extintos de reptiles marinos como los ictiosauros.

Por esta razón, la investigación concluye que “Dunkleosteus terrelli” debía presentar una aleta caudal mucho más amplia de lo que se había especulado hasta el momento, más consistente con los principios físicos que gobiernan la locomoción de animales acuáticos. “Esta idea está de acuerdo con el reciente descubrimiento de una estructura de los tiburones denominada ‘ceratotrichia ‘en fósiles de placodermos, que constituye el tejido responsable de ampliar y dar forma a las aletas más allá de los propios elementos del esqueleto” explica el experto. La reconstrucción de este vertebrado ha contado con la participación del paleoilustrador Hugo Salais.

Los placodermos fueron los primeros vertebrados en adquirir mandíbula y habitaron los mares y ríos de todo el mundo durante los periodos Silúrico y Devónico

fuente levante-emv

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