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Practicar buceo, una actividad que crece y despierta pasiones

David narra que flota ingrávido en un entorno azul y no puede creer lo que ve. Carlos, dice que se mueve a tientas y sus ojos son sus manos. Ambos cuentan las horas para entrar en ese mundo líquido que los vuelve especiales al abrirle sus secretos. Son buzos de recreación y táctico, placer y trabajo, pero sobre todo pasión por una actividad que ganó adeptos con historias sorprendentes como esa porción de universo intacto al que no todos acceden y ellos disfrutan.

Durante mucho tiempo, y desde los 22 años, Carlos Bellittieri fue el único buzo profesional de la ciudad. Un trabajo de riesgo muy bien pago que las aseguradoras equiparaban a un artista de circo.

El hombre consolidó su actividad en el Ejército con rutinas tan duras que no admitían el fracaso como opción. Hoy es uno de los buzos “de más edad y activo”, tal como el reconocimiento que recibió en un encuentro nacional.

Tal vez por eso, en la noche del 2 de junio de 1978, mientras Argentina le ganaba a Hungría, se sumergió en las frías aguas del Paraná, desde las 22 hasta las 4, para destrabar el eje del barco Ciudad de Rosario, que al día siguiente tenía compromiso con turistas que habían llegado para el Mundial. Como era un trabajo casi imposible, a modo de pago pero también de agradecimiento, le cedieron el barco para realizar su fiesta de casamiento.

Bellittieri despliega anéctodas en la sede del Círculo Rosarino de Actividades Subacuáticas, (CRAS) del Club Provincial, pionero en el oficio, con un centenar de alumnos por año, donde un pañol lleva su nombre.

“Este soy yo a los veinte años y él es el hijo del nadador Pedro Candiotti (el nadador argentino que pasó a la historia como campeón mundial de permanencia en aguas abiertas)”, explica sobre el empapelado de fotos y recortes que lo ligan al lugar desde hace más de 50 años.

Hoy a los 68, y con 100 piletas varias veces por semana, el círculo de actividades subacuáticas sigue siendo su entorno. Igual que el río, por supuesto.

A pesar de que siempre tuvo comercio, Bellittieri formalizó la actividad de buzo táctico como empresa de servicios subacuáticos: inspecciones de barcos y muelles, búsqueda de elementos, reflotar embarcaciones, siniestros, trabajos mecánicos y salvamentos.

Todas estas tareas, sólo por enumerar algunas, se ofrecían a modo de publicidad, en un texto donde Prefectura encabezaba las lista de las referencias, seguida de los principales puertos de toda Argentina.

Nada a la vista

“No se ve nada, ni un dedo apoyado en el visor”, cuenta sobre las aguas oscuras, casi su hábitat por décadas, donde aprendió a desarrollar la sensibilidad de ciego, en situaciones “más que de límite, en las que al buzo sólo lo salva la calma y el saber hacer lo que en ese momento se debe hacer”.

En ese contexto y codo a codo con la emergencia, manejó herramientas, soldó, armó y desarmó elementos de herrería, a modo de ejemplo.

En una ocasión sintió el miedo muy de cerca, fue cuando buscando un autoelevador caído en el río, en el frigorífico Swift, se soltó su cabo de vida y quedó desorientado debajo del casco, a centímetros de la hélice, creyendo que el pistoneo que escuchaba era el motor del barco de ultramar que partía.

En el recuerdo quedó también el informe que en 1993, realizó para la Municipalidad, cuando recorrió las cloacas de la ciudad, para determinar cómo los microbios comían el hormigón, con filmaciones, fotos y muestras incluidas y, por supuesto, horas y horas de lavandina al finalizar cada uno de los recorridos.

Trabajó en ríos, islas, puentes, empresas con muelles, barcos de alta mar, buscó más de veinte personas que desaparecieron en las aguas de las que encontró siete. A 30 metros de profundidad, o más, pasó frío, resolvió emergencias y enfrentó peligros pero repetiría todo porque “lo lleva en la fibra”.

Anécdotas de un color azul muy profundo
David Matas, en su fiambrería de San Luis al 800.
David Matas, en su fiambrería de San Luis al 800.

David Matas atiende su fiambrería de San Luis al 800 y no pocas veces mientras lo hace, evoca los lugares donde el universo está intacto y que él recorre dos veces al año, junto a Marcelo Hervias y Adrián Herrero, sus compañeros de buceo recreativo de aguas profundas. Una vez a la semana, el grupo se reúne entre añoranzas, investigaciones y proyectos para el próximo viaje.

El último fue hace un mes en Galápagos (Ecuador), cuando realizaron un Vida a Bordo en las islas Darwin y Wolf, donde en 2016, el Acuerdo Ministerial 968, extendió la protección de la vida marina y lo convirtió en el nuevo santuario marino del mundo, para preservar el hábitat de la mayor población de tiburones e impulsar la actividad turística sustentable.

De esos doce días son las experiencias y la adrenalina que Matas cuenta a LaCapital, y que compartió con buzos de Singapur, Alemania, Australia, Grecia y de Estados Unidos. “Es un lugar inhóspito, que emerge a 300 metros de altura, sólo piedras y pájaros, a mil kilómetros del continente, donde se juntan tres corrientes marinas y todo está intacto, allí explota la vida”, explica.

“Siempre fui bicho de agua y desde hace diez años, con 39 años, comencé esta actividad”, cuenta en un despliegue de datos técnicos sobre equipos, composición adecuada del oxígeno y el peligro del nitrógeno. Además de una descripción que atrapa sobre ese mundo “azul” que lo fascina, su flora y fauna. Como los tiburones ballenas y las mantarrayas de las fotografías y videos con los que va ilustrando la charla.

“Buceamos en pareja y cuanto más difíciles son las condiciones, visibilidad, corrientes, profundidad, frío, animales peligrosos, chequeando en forma constante con el compañero”, cuenta y define como deporte de alto riesgo. En el último viaje, uno de los ocho buzos que bajaron, entró en pánico, no logró activar la señal de colores, el silbato ni el GPS, lo alejó una corriente fuerte y “se salvó por la pericia de los baqueanos”.

“Es un cine, nos pasan los bichos por arriba y abajo, son cazadores nocturnos, nos miran y siguen su camino, no somos parte de su cadena alimenticia, igual esperamos que no se les altere el chip”, ironiza.

Matas se inició en el CRAS y en la última década recorrió el mundo buceando dos veces al año. El Mar Rojo será su próxima aventura.

fuente lacapital

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