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El Robinson de Fuerteventura: «Me vi debajo del agua y entendí que me iba a ahogar»

Cada vez que Álvaro Vizcaíno agarra su tabla de surf no puede evitar que su estómago se estruje. Hay algo en las olas que le sigue recordando las 48 horas de aquel 7 de septiembre de 2014, cuando estuvo al borde la muerte y salvó la vida «in extremis», tras permanecer herido en la costa de Punta Paloma (Fuerteventura). Fueron dos días de deriva emocional, de inclemencias meteorológicas y de dolores extremos. Se rompió la cadera por tres partes, se fracturó la pelvis y se hizo una herida abierta en el brazo izquierdo. Sin embargo, hoy mira el horizonte con decisión. Ni el mar ni las rocas tuvieron la culpa de nada. El surf es parte de sí mismo y, a pesar de esos nervios evidentes, sonríe. Rendirse le salvó la vida, entonces. Y eso es algo difícil de olvidar.

Aquel día, Álvaro se levantó apresurado. Acababa de pasar la noche con una chica, tras una ruptura sentimental. De camino a casa, pasó por una zona de dunas que tenía muchas connotaciones sentimentales para él. Su ex pareja se la descubrió un tiempo atrás para enseñarle el atardecer más espectacular de la isla. Así que, ese día, por una especie de corazonada dio un volantazo en mitad de la carretera se metió por ese camino. Rondaban las nueve de la mañana y el viento había dado una tregua. Bebió un trago de agua, cogió su tabla e inició el camino. «Hice todo el recorrido igual, pero cambié la parte final. Me empeñé en pasar por delante de la última duna, en vez de por detrás. Quería ver la caída del acantilado». Con tan mala suerte, que resbaló. Se desplazó a una velocidad enorme cuesta abajo, intentando agarrarse con los pies y las manos, pero le fue imposible parar. «Conseguí agarrarme al borde, pero era casi imposible evitar la caída».

Sujetado al precipicio tan sólo con los dedos, se dio de bruces con todos los procesos que una persona pasa en una situación como esta: negación, enfado y pánico. «No podía mirar abajo porque mi cara estaba apoyada sobre la roca, pero sabía que había un vacío de unos 10 metros y muchas rocas». Lo único que sentía era el sonido de las olas batiendo bajo él y pensó que si conseguía caer cuando una rompiese tendría, al menos, una opción de sobrevivir. «Contaba con una mitad de posibilidades de matarme y otra de no salir muy malherido». De modo que, controlada la ansiedad que se apoderó de él, se empujó todo lo que pudo, con la cabeza mirando hacia el mar, intentando caer de lado. «Tuve la suerte de que funcionó el plan, pero podía haber salido mal perfectamente».

La caída fue traumática. El impacto se saldó con la cadera rota, la pelvis fracturada y una herida abierta en el brazo izquierdo. «Cuando me di cuenta de que estaba consciente, me sorprendí de que estuviese vivo. Me subí a una roca y, cuando intenté encararme, me desmayé. Oí un crujido muy fuerte en mi cuerpo y me di cuenta de que tenía algo roto», recuerda Álvaro, que entonces tenía 38 años. Estuvo tirado horas, analizando qué podía hacer. Como la marea comenzaba a subir, decidió abandonarla y e ir nadando hasta una cala que se encontraba a 400 metros. Como no podía mover las piernas y solo podía utilizar un brazo, empezaron a darle espasmos por el dolor. «Intentaba desplazarme un poco, oía el crujido, me desmayaba. Y así. Me hundía en el agua, volvía a recuperarme y seguía avanzando».

Nadó buscando la salvación, pataleó con todas las fuerzas para salir a la superficie y encontrar una bocanada de aire fresco. Cada segundo era un minuto y cuando creía que no podía más, emergía de nuevo. «Llegó un momento en el que me vi debajo del agua y entendí que me iba a ahogar. Yo sé cómo la gente se muere en el mar y no podía avanzar ni un metro más. Estaba al límite, por lo que me relajé y di gracias por mi vida». De repente, entró en un estado de semi inconsciencia en el que no sentía su cuerpo ni el agua, pero consiguió abrir los ojos y sacar la cabeza. «Un chorro de energía nueva vino y pude seguir avanzando».

Se desplazó a como pudo, golpeó sin fuerzas la espuma que le arrastraba. Si hubiese podido, hubiera clavado las uñas a la roca para no moverse y evitar que la siguiente ola le volviese a hundir. Aunque, esta vez, todo fue más rápido y consiguió llegar a tierra. «Era una zona prácticamente inaccesible a pie. Hay un pueblo a 12 kilómetros al norte y sin carreteras. Y, desde allí, hasta Cofete hay otros tantos de cordilleras. Las posibilidades de que hubiese alguien era muy remotas».

Como había tragado agua salada y había sangrado, al poco tiempo se desesperó por la sed. «Entendí que si no bebía nada ese día, lo iba a tener muy dificil para sobrevivir». La temperatura superaba los 35 grados, no había ninguna sombra y los calambres se estaban apoderando de su cuerpo. De modo que se puso a reptar. Necesitaba encontrar a agua si quería sobrevivir. «Busqué por los huecos de las rocas. Como es una zona donde no va nadie, la marea trae basura que no se recoge». Y, casi como un milagro, encontró una botella. «Ha sido lo más alucinante que me ha pasado». También unas redes que le sirvieron para tapar su cuerpo desnudo del frío y un pequeño bugi averiado que, dos días después, utilizó a modo de tabla para adentrarse en el mar y pedir ayuda.

Durante esas 48 horas, el instinto de supervivencia tomó el control. Era lo que le mantenía fuerte y le ponía freno a las emociones. Una especie de calma tensa y expectante le mantuvo vivo. «No quería que los sentimientos me invadiesen. Tenía que aceptar lo que me estaba pasando para que no me desgastase más de la cuenta. Me volví como una roca: mi mejor amigo era yo mismo, pero también mi peor enemigo». El tercer día, tullido por los fuertes dolores de las heridas y del frío, decidió que tenía que remontar y la señal llegó en forma de puntito negro en el horizonte. Se trataba de un barco y, a pesar de que ya había tenido un par de alucinaciones, se tiró al mar. «Grité, pedí auxilio. Cogí el bugi y remé con mis brazos durante casi dos horas. Llegaba o moría, no había más opciones». Álvaro se agarró a la vida con todas su fuerzas, utilizando todas las herramientas a su alcance para conseguirlo. «Las emociones pueden matarte, pero vivirlas con aceptación pueden salvarte».

Alberto, Jorge y Arán fueron quienes le rescataron. Los tres son policías que se habían desplazado, en su día libre, desde Puerto del Rosario para practicar pesca submarina en una zona con una gran riqueza. «Cuando me vieron, rápidamente se lanzaron a por mí, llamaron a emergencias y dieron las coordenadas del helicóptero de rescate», subraya este náufrago majorero de adopción. El resto ya es historia pasada: un mes y medio en cama recuperándose, pero desde entonces entiende la vida de forma diferente.

«A veces, pienso que el mérito de sobrevivir no es mío. En el ser humano se activan ciertos mecanismo increíbles. Viví momentos muy especiales en los que conseguí aislarme del dolor y no necesito una explicación concreta para entenderlo», señala este madrileño que, el próximo 3 de agosto, verá su historia en la gran pantalla. El director Hugo Stuven («Anomalous») la ha adaptado para mostrar que cuerpo, mente y espíritu pueden fusionarse cuando es la vida la que está en juego. «Al principio fue todo muy emocionante. Cuando compartí la historia con Alain Hernández –el protagonista– me desahogué bastante, pero me encabroné. Me di cuenta de que esa situación me ponía incómodo. Me emocionaba también. Otras veces me negaba a ir al rodaje. Me sorprendió a mí mismo esa actitud».

Hasta entonces había contado su periplo de forma casi sistemática, pero al revivir cada uno de sus pasos comprendió que las pequeñas cosas son las que verdaderamente marcan la diferencia. «Yo me rendí, lo confieso. Acepté mi situación para no desgastarme más de la cuenta. Eso fue lo que de verdad me salvó».

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