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María Antonia Muñoz: la novia del mar

Puerto Padre, Las Tunas.- “Entre más fuerte y fiero está, más lo amo, para mí es lo más grande”, sale de sus labios con tanta pasión que descubres de inmediato cuánto se conocen. María Antonia Muñoz Ojeda de siempre ha estado ligada al mar, sabe de pesca, navíos y todo lo que concierne al litoral.

No vacila en sus siete décadas y cordel en mano cuenta que de pequeña se convirtió en novia de ese inmenso azul. “Desde que nací estoy en el mar, los dolores de parto de mi madre le dieron desmontándose de un barco.

“Nos pasábamos buena parte del tiempo en la playa o las zonas de pesca y como soy de las mayores, estaba muy apegada a mi papá, andaba siempre montada en los barcos detrás de él. Fue precisamente mi padre quien me enseñó todo lo del mar, adquirí tantos conocimientos que hoy te puedo hablar de las mejores circunstancias para sacarles provecho a las redes”.

novia mar2Es una mujer singular, que te atrapa enseguida por sus historias reveladoras de desafío al género, en épocas de acentuado machismo. Revive aquellos años en que acompañaba a los prácticos del puerto a buscar los buques.

“Ese fue un reto que vencí a fuerza de perseverancia, quería ser práctico; es más, sabía que podía serlo. Por eso le escribí a Celia Sánchez y ella me orientó dirigirme a la Aduana en la Capitanía de Carúpano, lo hice y enseguida me autorizaron, así estuve cinco años subiendo a las embarcaciones, hasta ahora la única atrevida he sido yo.

“No todo el mundo sale mar afuera a recibir los barcos, que son enormes, subir aquella escala de gato y guiarlos para entrar al puerto”, dice con genuino orgullo.

Y resalta: “Aprendí a fondearlos, a hacer atraque y desatraque, las peculiaridades de su salida y a conocer el cañón, las enfilaciones, sistema de boyas para poder dirigirlos, los grados, los vientos, las corrientes, el calado, porque es un puerto muy complejo, tiene sus bajos y hay que coger el centro del canal, de acuerdo con el viento y las corrientes. Hay que estar a la viva con esos factores.

“Me decían que aquello era tarea de hombres, ‘eso no lo puede hacer una mujer, encamararse a un barco’. A lo cual respondía: ‘No soy marimacho, soy una mujer templada'”.

Así, María Antonia conoce las entrañas del océano, se refugia en él y le saca de su sonido las palabras que necesita para entenderse. “Me levanto temprano y subo a la azotea a conversarle, eso es maravilloso, la persona que habla con el mar y se penetra en él es feliz, borra todo lo que le entristece; yo tengo que ver el mar”.

http://www.periodico26.cu/index.php/es/principal/914-maria-novia-del-mar

Las olas salpican sus pies, y en ese goce, María se detiene en el cordel, pareciera que algún pez picara el anzuelo, sonríe y recuerda: “Tengo carné de pescadora, competí en cogidas de aguja e hice un grupo femenino. La FMC realizó convenios con la Pesquera y nos daban los barcos con guardafronteras a bordo para protegernos y salíamos a algunas millas en las cercanías de Punta Tomate, Las Azules…”.

A la pregunta de si se atrevería con más de 70 años subir a un barco y fondearlo, la respuesta era de esperar: “Por supuesto, sería lo más grande, no he olvidado las instrucciones; es que a una se le penetra hasta el corazón el mar que es tan lindo, y lo disfruto tanto”.

Mario Aldana, su compañero de más de seis décadas, solo tiene rival en esa inmensidad añil que los custodia. María no puede desprenderse. Es su más viejo y gran amor, le viene del padre, lo tiene en la sangre.

 

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