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Volvía después de navegar 10 años por el mundo y la pandemia del coronavirus la sorprendió en el mar: “Nunca sentí tanto desamparo”

Zarpamos de un mundo y atracamos en otro”, resume Aurora Canessa el último tramo del viaje de regreso desde Europa en su velero.

Luego de diez años de recorrer mares y puertos del mundo quería volver a casa, pero la pandemia de coronavirus​ se expandía por Sudaméricalos puertos cerraban y no la dejaban atracar, por lo que los últimos días fueron de una angustia que hasta entonces desconocía. Y eso que había enfrentado tempestades en altamar, esquivado huracanes y sobrevivido a largas noches solitarias en medio de una oscuridad total, durmiendo apenas en tramos de 20 minutos.

La gente, la tierra, los humanos, nos rechazaban; ese desamparo no lo sentí ni cuando crucé el Atlántico sola”, dice.

Caminaba de Ushuaia a Alaska, pero el coronavirus lo frenó en la frontera con Canadá

La historia aventurera de Aurora arrancó en verdad mucho antes, casi desde siempre: corrió en moto, fue paracaidista, en 1992 navegó hasta las islas Malvinas, luego corrió -y ganó- la regata 500 millas del Río de la Plata y a los 65 años, tras la muerte de su madre, tomó la decisión: salir a navegar por el mundo en su velero. Sola.

Partió en 2010 con rumbo norte en su velero Shipping, un modelo Pandora 320 de 32 pies, y tras un largo viaje que la llevó por Brasil, las Antillas, las Bermudas y las Azores, llegó al puerto de Cascais, cerquita de Lisboa, en Portugal: se convirtió entonces en la primera mujer argentina en cruzar el océano Atlántico navegando en solitario.

Shipping, el barco con el que Aurora se convirtió en la primera mujer argentina en cruzar el Atlántico (foto: A. Canessa)

Shipping, el barco con el que Aurora se convirtió en la primera mujer argentina en cruzar el Atlántico (foto: A. Canessa)

Siguió durante diez años surcando mares y recalando en puertos de buena parte del mundo, hasta que decidió volver. Había partido el 17 de abril de 2010, y estaba por volver en la misma fecha, pero de 2020. No pierde la esperanza: su velero quedó amarrado en Puerto Madero, por lo que aún no llegó al puerto de Olivos, de donde partió. Sueña con que, si se levanta la cuarentena, pueda atracar en Olivos el 17 de abril, exactamente 10 años después de zarpar.

Los ángeles del camino

Del viaje de regreso, ni el cruce del Atlántico ni los temporales, ni las amenazas de huracanes o de grandes barcos cargueros que avanzan sin mirar adelante: los que le quedan en la memoria emotiva son los últimos 10 días de navegación: “Totalmente atípicos”. Por el coronavirus, claro.

Con todas las precauciones al bajar en Río Grande, Brasil (foto: A. Canessa)

Con todas las precauciones al bajar en Río Grande, Brasil (foto: A. Canessa)

“Desde Búzios vinimos con Omar, cardiólogo argentino que viajó para acompañarme en este último tramo. Habíamos estado en tierra en Ilhabella, y hasta ahí estaba todo prácticamente normal”, cuenta. Pero a partir de entonces, la travesía se transformó en algo “alucinógeno, fuera de lo habitual”.

“Navegábamos bien técnicamente, con viento de popa, pero de proa se nos venían las malas noticias, que recibíamos porque al ir costeando captábamos señal de wifi. En Florianópolis y Río Grande directamente no nos dejaron atracar; estábamos flotando en el mar, y por primera vez sentí un desamparo muy fuerte: en tierra no nos querían, no nos aceptaban, y sentíamos mucha incertidumbre sobre qué iba a pasar con nosotros y con el barco”, recuerda.

Al regresar los puertos cerraban y no los dejaban atracar (foto: A. Canessa)

Al regresar los puertos cerraban y no los dejaban atracar (foto: A. Canessa)

Entonces, dice, aparecieron los “ángeles” que los ayudaron a seguir. El primero fue el delegado en Forianópolis de la Asociación Deportiva Argentina de Navegantes (ADAN), Beto Fabiano, quien actuó “con el corazón”, define Aurora: “Necesitábamos combustible, agua y víveres, y él cruzó toda la isla Santa Catarina con su auto para llegar al Yacht Club, donde no podíamos amarrar. Y nos llevó, todos con barbijos, guantes, alcohol en gel y a distancia, a comprar combustible, cargar agua y hacer compras en un super”.

Zarparon, y más al sur, en Río Grande, apareció el segundo “ángel”. Iban pensando en parar unos días, dormir y abastecerse, y el pronóstico de los vientos los apuraba.

“Pero no podíamos atracar; fondeamos en el ingreso a Río Grande y enfrente había una gasolinera cerrada; cuando nos acercamos a buscar agua, apareció un muchacho cuyo nombre nunca supimos; le pedimos agua, combustible y algún alimento, y su respuesta fue ‘lo que ustedes necesiten’. Con eso ya podíamos llegar a Buenos Aires​”, recuerda.

Con las complicaciones, dice Aurora, aparecieron personas que los ayudaron y les permitieron continuar viaje (foto: A. Canessa)

Con las complicaciones, dice Aurora, aparecieron personas que los ayudaron y les permitieron continuar viaje (foto: A. Canessa)

¿Y el tercer ángel? La Prefectura Naval Argentina, dice Aurora sin dudar. “Antes de salir mandamos un mensaje a Prefectura diciendo que por favor nos esperaran, y la respuesta nos calentó el alma: ‘Vengan tranquilos, los estamos esperando’. Faltaban varios días de navegación, y esa respuesta nos recompuso y nos animó”.

“Nos íbamos enterando del cierre de fronteras y nos daba mucha angustia no saber cómo iba a evolucionar la situación. Pero vía Whatsapp, Prefectura nos decía que nos esperaba; sobre todo desde la delegación Puerto Madero, tuvieron una actitud increíble con nosotros; se comprometieron, nos esperaron y nos contactaron siempre”.

Ni bien ingresaron al Río de la Plata exterior, a partir de Punta del Estea Aurora la invadió una sensación muy fuerte de tranquilidad, de paz, de seguridad, que la hizo sentir protegida.

“No era el buen tiempo porque había un viento fenomenal, y entonces Omar me dijo ‘es que estás volviendo al barrio’. Puede ser romántico decir ‘soy ciudadana del mundo’, pero el sentimiento de pertenencia es inexplicable; cuando aprietan los afectos, los sentimientos, quiero estar en mi país”.

El shipping quedó amarrado en Puerto Madero; Aurora cumple la cuarentena en casa de una amiga (foto: A. Canessa)

El shipping quedó amarrado en Puerto Madero; Aurora cumple la cuarentena en casa de una amiga (foto: A. Canessa)

El 30 de marzo fondearon en el antepuerto de Puerto Madero, justo frente al ingreso al Yatch Club. “A las 2 de la tarde nos avisaron que en 5 minutos nos levantaban el puente, y cuando vi el puente abierto, fue como tocar el cielo con las manos, sentí que al fin estábamos a salvo, nosotros y mi barco; esa sensación de estar seguros al fin, después de tanta angustia”, recuerda.

Prefectura los estaba esperando: “Nos tomaron la fiebre, nos revisaron, llenamos todos los papeles y, aunque yo quería hacer la cuarentena en el barco, no me dejaron. Así que me vine a la casa de una amiga, porque en Buenos Aires no tengo casa; cuando partí, la vendí para afrontar los gastos del viaje. Eso sí, nos computaron los diez días de navegación como cuarentena porque no tuvimos contacto con nadie, así que nos quedaban cuatro por cumplir”.

"Cuando vi el puente de Puerto Madero abierto, fue como tocar el cielo con las manos", dice Aurora (foto: A. Canessa)

“Cuando vi el puente de Puerto Madero abierto, fue como tocar el cielo con las manos”, dice Aurora (foto: A. Canessa)

Tal vez, momento para pensar en próximos proyectos, como escribir un libro, imaginar otras navegaciones o viajes, como aquella idea de alquilar un motorhome para recorrer los Alpes. Pero ahora es tiempo de reposo. En casa.

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