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A Madrid le quedan lejos la pesca y el marisqueo

Hablemos un poco de la gente del mar. Estoy seguro de que todos, absolutamente todos de los que nos sentimos vinculados anímica o profesionalmente, al mundo marítimo-pesquero hablaremos, una vez superemos los efectos de la pandemia de coronavirus que nos afecta, de un antes y un después en nuestra actitud y reconocimiento hacia distintos colectivos profesionales a los que si bien no teníamos olvidados, sí manteníamos en un  segundo y muchas veces tercer plano en nuestra ocupaciones y preocupaciones.

¿Dónde se ha visto, sin ir más lejos, que se tuviese en cuenta la tarea inmensa del pescador de bajura, del día, de altura; del mariscador a pie, a flote o de inmersión?. En contadas ocasiones, y estas provocadas por el propio colectivo disconforme con las medidas adoptadas por unas u otras administraciones ante la indiferencia de los  consumidores, los primeros afectados por cualquier medida de ese colectivo de trabajadores del mar -no menos de 70.000 en toda España- que reclaman un día sí y otro también mayor atención a un sector evidentemente estratégico cuya función, para bien o para mal, ha de ser considerada como una cuestión de Estado.

A Madrid le quedan lejos la pesca y el marisqueo. Estos sectores productivos  le son lejanos, cuando no ajenos, a Bruselas. Y a las cabezas rectoras de dichos segmentos económicos vinculados al mar, parecen no preocupar en demasía los vaivenes de los mismos, en Santiago. Pero ahora, y obligados por el COVID-19, todos nos hacemos lenguas de la importancia que para la población gallega y española tiene el trabajo de los marineros y mariscadores. Hasta qué punto es así que a ellos, como a los agricultores, los sanitarios, los policías y guardias civiles, los farmacéuticos, etc., se les concede gratuitamente el calificativo de “héroes” cuando en realidad no hacen sino cumplir con su deber como lo hacían antes de ahora a diario, siempre en su puesto de trabajo. El marinero en la cubierta de un barco, el mariscador-a el espinazo doblado y con el raño o el sacho por delante para apañar un puñado de almejas, berberechos o coquinas, y el buceador, exponiendo también su vida para extraer unas navajas o unos longueiróns. Los echamos en falta a todos ellos, porque en los mercados escasean los artículos que llevar a casa y a todos nos gusta comer, de cuando en veces, un pescado, un marisco.

Esos “héroes” están ahí, día tras día. Y se quejan cuando no se les apoya en sus reivindicaciones para seguir nutriendo de artículos los mercados. Están ahí cuando hay que atender a un enfermo y cuando hay que suministrar materia para una celebración. Están ahí cuando las aguas de la lluvia arrastran a las playas cenizas procedentes de los incendios de los montes que en Galicia alguien ha quemado; están ahí cuando Bruselas decreta que no se pueden pescar tales o cuales especies; están ahí cuando barcos extranjeros incumplen en caladeros nacionales españoles (por ejemplo el Cantábrico Noroeste) las normativas vigentes para los buques españoles utilizando artes prohibidos o pescando en los fines de semana, cuando ellos, los españoles, en sus aguas, no pueden hacerlo; están ahí cuando los precios del combustible hacen irrentable salir a pescar; están ahí incluso para morir en la mar y justificar la existencia de un servicio de salvamento marítimo que solo ellos, los marineros, defienden; están ahí, asombrados, comprobando cómo a las rederas o a las mariscadoras no se les reconoce el derecho a la aplicación de un coeficiente reductor para adelantar su jubilación, mientras que sí se les aplica a funcionarios del Estado y de la Comunidad Autónoma por trabajar en tierra… Están ahí, siempre. Pero los ignoramos, a pesar de que pagan sus cuotas a la Seguridad Social como lo hacen o hacían los mineros, a los que se otorgaba -otorga todavía, por pocos que quedan- un reconocimiento económico y social que a ellas no se les concede por más que reclaman aquí y en Madrid.

Son los marineros “héroes” de pacotilla, porque no se les considera ni siquiera acercándonos a los muelles para aplaudirles a las ocho de la tarde como aplaudimos a los otros colectivos que, en primera línea, combaten al coronavirus. Ellos, los no reconocidos más allá de la mera referencia, combaten desde la primera ola, la primera rampla. el primer descarte. Pero no son santos de especial atención ni siquiera para los ministerios y consellerías.

Los policías y guardias civiles son personal de riesgo. Son víctimas en acto de servicio. Pero lo son siempre, no solo ahora. Los marineros, también.

Ya sabemos lo que tenemos. Tal vez exceso de hipocresía. @mundiario

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