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UN PUNTO ESTRATÉGICO FUNDAMENTAL Por qué Japón ha pagado 600 millones por dos trozos de roca en medio del Pacífico

Existen lugares en el mundo que parecen completamente abandonados pero que, en realidad, son realmente importantes para la economía de los países. Esto es lo que ocurre con Okinotori, un atolón perdido en medio del Océano Pacífico que, a simple vista, no es más que una serie de rocas que sobresalen del mar. Pero es mucho más que eso: de hecho, es una zona fundamental para Japón, al convertirse en un lugar estratégico básico para la importancia de su economía. No en vano, se ha gastado 600 millones en las últimas cuatro décadas en proteger la zona.

En concreto, se trata de dos pequeños enclaves dentro del atolón, que no dejan de ser más que una pequeña superficie rocosa de poco tamaño -menos de diez metros cuadrados cada uno- y que, a priori, podrían parecer inhabitables. De hecho, el atolón solo mide 4,5 kilómetros de largo y 1,7 kilómetros de ancho, lo que lo convierte en un pequeño lugar que, en un primer momento, haría suponer a cualquier observador que no es más que un capricho surgido en medio del mar. Pero Japón es consciente de su verdadera importancia. ¿Por qué?

A pesar de encontrarse a más de 1.500 kilómetros de distancia de Tokio, el atolón Okinotori está situado en una zona estratégica para Japón. Ubicado a medio camino entre a Taiwán y Guam, no solo tiene peso geoestratégico, sino fundamentalmente económico: se trata de una zona que, geográficamente, pertenecería a China, si bien es cierto que nunca la ha reclamado, pero su importancia radica en los recursos que contiene, pues cuenta con importantes zonas de pesca, importantes depósitos de petróleo y, sobre todo, zonas donde se encuentran tierras raras muy importantes para el desarrollo tecnológico.

El problema radica en que, para disponer de estos recursos, es necesario contar con el estatus de isla, por lo que es fundamental respetar lo que dicta el Derecho Internacional, según recoge ‘Gizmodo’. Así, según Naciones Unidas una isla no solo debe ser aquella que esté rodeada de agua y que permanezca por encima del nivel del mar cuando hay marea alta, sino que tienen que ser lugares donde se permita la habitabilidad humana, por lo que la simple presencia de rocas no otorgaría un estatus de isla a los dos trozos de tierra del atolón Okinotori. Y ahí es donde entra en juego la inversión japonesa.

De esa manera, en los últimos 40 años se calcula que Japón ha gastado la friolera de 600 millones de euros para conseguir convertirla en una isla. No solo le han ganado terreno al mar a base de toneladas y toneladas de arena con las que conseguir hacer más grande estos pequeños trozos de tierra, sino que incluso se ha encargado de construir un rompeolas de acero para evitar que el mar erosione la zona y, hace no demasiado, incluso ha construido un puesto de observación que es operado por parte de su ejército. Al tratarse de una zona en hipotético conflicto entre varios países, ha aprovechado para construir esta zona estratégica.

Gracias a esa inversión, estos dos trozos de roca perdidos en medio de la nada se han convertido por derecho propio en islas, no solo por ser habitables por sí mismas, sino porque incluso existen ya edificaciones sobre ellas en las que trabajan humanos. Pero, ¿qué importancia tiene? Pues según el Derecho Internacional, esta situación le confiere a Japón una Zona Económica Exclusiva de más de 430.000 kilómetros cuadrados alrededor de la zona. O, lo que es lo mismo, el país nipón puede operar durante toda esa extensión de manera exclusiva, consiguiendo todos esos recursos tan valiosos a día de hoy.

Así es como Japón he levantado, en los últimos 40 años, dos islas donde a priori solo existían un puñado de rocas que parecían no servir absolutamente para nada. Gracias a esta estrategia, estos dos pedazos de tierra que parecían inservibles en pleno atolón de Okinotori le ofrecen una Zona Económica Exclusiva plagada de recursos que son fundamentales para su economía. De momento, se han invertido 600 millones de euros, pero visto su éxito no es improbable pensar que los recursos económicos sigan destinándose a esta zona perdida del Océano Pacífico.

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