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Los cormoranes de es Torrent

Aquel que descienda hasta la cala de es Torrent, ahora que es invierno, tal vez tenga ocasión de contemplarlos. Se zambullen durante interminables minutos y, cuando se han cansado de pescar o han atrapado algún ejemplar demasiado grande, se apostan sobre el muelle o en los cercanos escollos para engullirlo con calma. Son los únicos celadores de una porción de costa abrupta que, incluso en verano, con el restaurante a pleno rendimiento, se mantiene apacible.

Los cormoranes de es Torrent van y vienen en absoluta libertad. Su única amenaza son las redes que pierden los pescadores, donde pueden quedar atrapados durante esas profundas inmersiones, de hasta 30 y 40 metros. Cuando emergen y reposan sobre las rocas, despliegan sus alas para secarlas con la brisa y el sol. Sus plumas, al contrario que las de otras aves pescadoras, no son completamente impermeables. Al mojarse, ganan peso favoreciendo el buceo.

En Guilin

Al verlos al lado del peñasco laminado que precede el muelle, derrumbado hace años del monte que cierra la cala por la tramontana, resulta inevitable gozar con su libertad y rememorar, en contraste, la domesticación de los cormoranes de la ciudad china de Guilin, utilizados como arte de pesca desde hace mil años. En las antípodas, donde el río Li serpentea entre montañas kársticas –un reguero de montes estrechos y puntiagudos, cubiertos por una vegetación desaforada, que los lugareños conocen como “el primer paisaje bajo el cielo”–, sirven como herramienta a los pescadores.

Con un cordel tenso les cierran la tráquea para que no puedan engullir pescado alguno y, desde sus sencillas balsas de bambú, los sueltan al agua para que trabajen por ellos. Cuando emergen, extienden la vara que emplean para remar y el cormorán se suba a ella.

La miel en los labios

Luego el pescador extrae la presa del gaznate y vuelta a empezar. Solo cuando acaba la jornada se les retira la cuerda del cuello y los pájaros, por fin, se desquitan de la tortura que implica pasar tantas horas con la miel en los labios.

Los cormoranes de es Torrent, sin embargo, pescan solo cuando tienen hambre y nunca se sabe en qué momento retornarán al muelle. Sin embargo, aunque se hallen ausentes, el viaje nunca es en balde. Basta con iniciar la bajada a la playa para impregnarse del sobrecogedor paisaje que se avista desde la carretera.

Desde lo alto, un mar de pinos envuelve la cala y el curso final del Torrent de s’Aigua, frontera entre las antiguas véndes de Davall sa Serra y es Cubells. Apenas se vislumbra el techo del restaurante, rodeado de sabinas. Al frente, s’Illeta Grossa y s’Illeta Petita, y tras estas, el acantilado que cierra la bahía de Porroig.

La orilla pedregosa, de cantos multicolores y sublime transparencia si la mar está en calma, sin eco de los temporales, constituye un regalo para la vista. En cuanto se asciende a cualquiera de los montículos que cierran la cala por ambos lados, la perspectiva sobre la bahía, sa Caixota y el resto de la costa de es Cubells resulta hipnótica. Sorprende, menos gratamente, el tamaño y la saturación de colores que destilan los casoplones que se asoman desde la península de Porroig y la urbanización Vista Alegre.

Es Torrent, en todo caso, constituye un paraíso tanto para los cormoranes como para los humanos.

fuente https://www.diariodeibiza.es/pitiuses-balears/2019/01/20/cormoranes-torrent/1042108.html

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