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La penetración del hombre en el mar

Los primeros hombres de la antigüedad que se sumergieron en el seno de las aguas fueron los pescadores de esponjas y coral del mediterráneo, y de perlas en el extremo oriente.

La leyenda nos cuenta historias de celebres buceadores de la antigüedad, por ejemplo, escilias, que en el transcurso de las guerras médicas consiguió recuperar los tesoros de las naves persas hundidas por los griegos cerca del monte Pelión.

Otros buceadores, verdaderos nadadores de combate de época aserraron los postes plantados por los siracusanos ante su puerto con el propósito de impedir la entra de las flotas atenienses.

Dión Casio, refiere que durante el asedio a Bisancio por los ejércitos y la flota del Séptimo Severo, los buceadores bizantinos cortaron las cuerdas de las anclas, insertaron garfios bajo las quillas de las galeras romanas y después las remolcaron hasta la orilla, dejando la mayoría de naves encalladas y fuera de combate.

Al derrumbarse la civilización grecorromana, los bárbaros descuidaron por completo la exploración  submarina, sin embargo los musulmanes, grandes navegantes, intentaron otra vez penetrar en el fondo marino pero su gran temor a los monstruos les impidieron aportar poca cosa lo ya antes conocido.

Un mundo de tinieblas invade la Edad Media, y tampoco aporta nada constructivo, salvo un enorme cúmulo de leyendas en la que se mezclan verdades con mentiras y el miedo a la religión.

Una de estas leyendas es la inmersión de Alejandro Magno encerrado en una caja hermética y completamente transparente, en ella permaneció varios días, mientras ate sus atónitos ojos desfilaban peces de descomunales proporciones.

Pero, ¿cómo se las arreglaba el joven monarca para respirar?, Esto amigos, no lo cuenta la historia.

Uno de los monstruos marinos que más temor infundió  a los hombres de la edad media fue el pulpo gigante, que los antiguos confundían muy a menudo con el calamar gigante. Sin embargo estas leyendas  tienen cierto fundamento, pues hoy sabemos que en el Océano Pacifico existen una especie de cefalópodos que miden hasta 12 metros de envergadura. Y así entre pulpos, serpientes marinas y demás monstruos, nos remontamos hasta el renacimiento donde los buceadores continúan descendiendo desnudos o unidos por una tubería exterior.

Los grabados de época, nos proporcionan una variada colección de raros artilugios y de buzos trabajando o guerreando en los fondos marinos, pero, siempre pareció ignorarse que es imposible respirar el aire exterior cuando los pulmones del individuo se hallan comprimidos a más de un metro de profundidad.

A finales del siglo XVIII aparecen las primeras campanas de buzo, El francés Freminet y el alemán Klingert realizaron un notable progreso entre los años 1772 y 1776, investigaron cascos provistos de mirillas y trajes de cuero con armazón metálico, el buzo se suministraba aire comprimido mediante un fuelle que manejaba manualmente.

A principios del siglo XIX, se sentaron las bases de la fisiología del buceo, mientras de 1805 a 1810 en Francia, Inglaterra y Alemania se construían campanas reducidas, que únicamente albergaban en su interior la cabeza del buzo y estaban provistas de mirillas de cristal.

El verdadero antecesor de la escafandra de casco moderno apareció en 1819.Esta campana para la cabeza descansaba sobre los hombros del individuo y recibía aire a través  de una bomba de aire comprimido instalada a bordo de una embarcación.

Con este equipo, el buzo no podía inclinar la cabeza pues al hacerlo se producía una fuga de aire y el agua penetraba en la pequeña campana.

Dieciocho años más tarde, en 1837, Sibe inventó la escafandra de casco, así la pequeña campana al prolongarse hacia abajo y convertirse en un casco esférico se transformó en un conjunto hermético.

En la parte posterior del casco se le colocó una válvula tarada que dejaba escapar a la perfección los gases respirados, las mirillas se hicieron más numerosas, permitiendo la visibilidad lateral y hacia arriba, el último complemento  de este traje eran los enormes y pesados zapatos de plomo que permitían al buzo pasearse trabajosamente por el fondo del mar.

Con los años, la escafandra de casco fue perfeccionándose notablemente. En la actualidad está dotada de teléfono para poderse comunicar con los hombres de la superficie que atentos a la pequeña pantalla de televisión submarina siguen con la mayor atención todos los movimientos del buzo.

Sin embargo, este legendario personaje de las profundidades se ha visto en cierto modo casi desplazado por el moderno buceador autónomo, que con su provisión de aire a la espalda se pasea por el fondo marino como un verdadero pez.

La aparición del buceador autónomo ha abierto un nuevo paréntesis en el campo de la investigación submarina.
El hombre cada día penetra más en el mar, en este vasto continente que aún hace poco le era desconocido.

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